Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.65
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textos sacros...
Empezó a repetir pasajes de la Biblia, mencionando los capítulos y versículos correspondientes.
Harta de insistir a la terca joven para que se secara y se cambiara de ropa, les dejé, a ella con su tiritona y a José con sus sermones, y me fui a acostar con Hareton, que estaba profundamente dormido. Oí a José leer, luego le sentí subir la escalera, y enseguida me dormí yo misma.
Al día siguiente me levanté algo más tarde que de costumbre, y al bajar vi a la señorita Catalina, que seguía sentada junto al hogar. El señor Hindley, soñoliento y con profundas ojeras, estaba en la cocina también, y decía:
-¿Qué te pasa, Catalina? ¡Estás más triste que un cachorro chapuzado! ¿Por qué estás tan mojada y tan descolorida?
-No me pasa otra cosa -contestó, malhumorada Catalina- sino que he cogido una mojadura y siento frío.
Vi que el señor estaba ya sereno, y exclame:
-¡Es muy traviesa! Se caló hasta los huesos cuando la lluvia de ayer, y se ha obstinado en quedarse toda la noche junto al fuego.
-¿Toda la noche? ---:-exclamó, sorprendido, el señor Ea rnshaw-. ¿Y por qué? No habrá sido por miedo a la tempestad...
Ni Catalina ni yo deseábamos mencionar a Heathcliff mientras pudiéramos impedirlo, de modo que respondí que se le había antojado quedarse allí, y ella no dijo nada.
La mañana era fresca. Abrí las ventanas y los perfu mes del jardín penetraron en la estancia. Pero Catalina me dijo-
-Cierra, Elena. Estoy agotada.
Y sus dientes rechinaban, mientras se acercaba a la lumbre casi fría.
-Está enferma -aseguró Hindley, tomándole el pulso. Por eso no se acostó. ¡Maldita sea! Está visto que no puedo estar libre de enfermedades en esta casa. ¿Por qué te expusiste a la lluvia?
-Por andar detrás de los mozos, como de costumbre -se apresuró a decir José, dando suelta a su maldiciente lengua-. Si yo estuviera en el caso de usted, señor, les daría con la puerta en las narices a todos ellos, señoritos y aldeanos. Todos los días que usted sale, el Linton se mete aquí como un gato. Mientras tanto, Elena -¡que es buena también!- vigila desde la cocina, y cuando usted entra por una puerta, él sale por la opuesta. Y entonces esta buena pieza se va al lado del otro.
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