Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.58
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-¿Merece la pena? -pregunté con menos aspereza. -Sí. Y debo contártelo. Necesito saber lo que he de hacer. Eduardo Linton me ha pedido que me case con
él y ya le he contestado. Pero antes de decirte lo que he respondido, dime tú qué hubiera debido contestarle.
-Verdaderamente, señorita, no sé qué responderle. Teniendo en cuenta la escena que le ha hecho usted contemplar esta tarde, lo mejor hubiera sido rechazarle, porque si después de ella todavía le pide relaciones, es que es que si un tonto completo o que está loco.
-Si sigues hablando así, ya no te diré más -exclamó ella, levantándose malhumorada-. Le he aceptado.
Dime si he hecho mal, y pronto. -Si le ha aceptado, no veo que haya nada que hablar. ¡No va usted a retirar su palabra! -¡Pero quiero que me digas si he obrado con acierto! -insistió con irritado tono, retorciéndose las manos y
frunciendo las cejas. -Para contestar, habría que tener muchas cosas en cuenta -dije sentenciosamente-. Ante todo, ¿quiere al
señorito Eduardo? -¡Naturalmente! Yo le formulé una serie de preguntas. No era del todo indiscreto el hacerlo, ya que se trataba de una
muchacha muy joven. -¿Por qué le quiere, señorita Catalina? -¡Vaya una pregunta! Le quiero, y nada más. -No basta. Dígame por qué. -Porque es guapo y me gusta estar con él. -Malo... -comenté.
-Y porque es joven y alegre.
-Más malo aún.
-Y porque él me ama.
-Eso no tiene nada que ver.
-Y porque llegará a ser rico, y me agradará ser la señora más acomodada de la comarca, y porque estaré
orgullosa de tener un marido como él. -Eso es lo peor de todo. Y dígame: ¿cómo le ama usted? -Como todo el mundo, Elena. ¡Pareces boba! -No lo crea... Contésteme. -Pues amo el suelo en que pone los pies, y el aire que le rodea, y todo lo que toca, y todas las palabras
que pronuncia, y todo lo que mira y todo lo que hace... ¡Le amo enteramente! -¿Y qué más? -Está bien, lo tomas a juego. ¡Es demasiada maldad! ¡Pero para mí no se trata de una broma! -dijo la joven, enojada, mirando al fuego. -No lo tomo a juego, señorita Catalina. Usted dice que quiere al señorito Eduardo porque es guapo, y joven, y alegre, y rico, y porque el la ama a usted.
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