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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.57

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-Con cualquiera le irá mejor que conmigo -me contestó.
-¡Tenga compasión de su propia alma! -dije, intentando quitarle la copa de la mano.
-¡No quiero! Tengo ganas de mandarla al infierno para castigar a su Creador -repuso-. ¡Brindo por su

perdición eterna! Bebió y nos mandó alejarnos, no sin soltar una serie de juramentos que más vale no repetir. -¡Cuánto deploro que no se mate bebiendo! -comentó Heathcliff, repitiendo, a su vez, otra sarta de imprecaciones cuando se cerró la puerta-. Él hace todo lo posible para ello, pero es de una naturaleza muy robusta, y no lo conseguirá. El señor Kenneth asegura que va a vivir más que todos los de Gimmerton, y que encanecerá bebiendo, a no ser que le pase algo inesperado.
Me senté en la cocina, y empecé a mecer a mi corderito para dormirle. Heathcliff cruzó la cocina, y yo pense que se encaminaba al granero. Pero luego resultó que se había tumbado en un banco junto a la pared, y allí perma neció callado. Yo mecía a Hareton sobre mis rodillas y había comenzado una canción que dice:
«Era de noche y los niños lloraban; en sus
cuevas los gnomos lo oyeron ... »

De pronto, la señorita Catalina asomó la cabeza por la puerta de su habitación, y preguntó:
-¿Estás sola, Elena?
-Sí, señorita -contesté.
Pasó y se acercó a la lumbre. Comprendí que quería decirme algo. En su rostro se leía la ansiedad. Abrió

los labios como si fuera a hablar, pero se limitó a exhalar un suspiro. Continué cantando, sin hablarle, ya
que no había olvidado su comportamiento anterior. -¿Dónde está Heathcliff? --preguntó. -Trabajando en la cuadra -dije. El muchacho no denegó. Tal vez se hubiera dormido. Hubo un silencio. Por las mejillas de Catalina se
desliza ba una lágrima. Me pregunté si estaría disgustada por su conducta, lo cual hubiera constituido un
hecho insólito en ella. Pero no había tal cosa. No se inquietaba por nada, no siendo por lo que le atañía a ella. -¡Ay, querida! -dijo por fin-. ¡Qué desgraciada soy! -Es una pena -repuse- que sea usted tan difícil de contentar. Con tantos amigos y tan pocas preocupacio ­
nes, tiene motivos de sobra para estar satisfecha. -¿Me guardarás un secreto, Elena? -me preguntó, mirándome con aquella expresión suya que desarmaba
al más enfadado, por muchos resentimientos que con ella tuviese.


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