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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.56

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-¿Quién va? -preguntó, sintiendo que alguien se acercaba al pie de la escalera.
Reconocí las pisadas de Heathcllff, y me asomé para hacerle señas de que se detuviese. Pero en el momento en que dejé de mirar al niño, éste hizo un brusco movimiento y cayó al vacio.
No bien me había estremecido de horror, ya había reparado en que el pequeño estaba a salvo. Heathcliff llegaba en aquel momento preciso, y, por un impulso instintivo, cogió al niño, lo puso en el suelo y miró al causante de lo ocurrido. Cuando vio que se trataba del señor Earnshaw, el rostro de Heathcliff manifestó una impresión semejante a la de un avaro que vendiese un billete de lotería de cinco chelines, y supiera al día siguiente con que había perdido así un premio de cinco mil li bras. En el semblante de Heathcliff se leía claramente cuánto le pesaba haberse convertido en instrumento del fracaso de su venganza. Yo juraría que, de no haber habido luz, hubiera remediado su error estrellando al niño contra el pavimento... Pero, en fin, gracias a Dios, Hareton se salvó, y a los pocos instantes yo me hallaba abajo, apretando contra mi corazon mi preciosa carga. Hindley, vuelto en sí de su borrachera, descendió las escaleras muy turbado.
-Tú tienes la culpa -me dijo-. Has debido poner al niño fuera de mi alcance. ¿Se ha hecho daño?
-¿Daño? -grité, indignada-. Tonto será si no se muere. Me asombra que su madre no se alce del sepulcro al ver cómo le trata usted. Es usted peor que un enemigo de Dios. ¡Tratar así a su propio hijo!
El quiso tocar al niño, que al sentirse conmigo se había repuesto de su susto, pero Hareton, entonces, co­menzó de nuevo a gritar y a agitarse.
-¡Déjele en paz! -exclamé-. Le odia, como le odian todos, por supuesto... ¡Qué familia tan feliz tiene usted y a qué bonita situación ha venido a parar!
-¡Más bonita será en adelante, Elena! -replicó aquel desgraciado, volviendo a recuperar su habitual aspecto de dureza-. Márchate y llévate al niño de aquí. Tú, Heathcliff, haz lo mismo. Por esta noche creo que no os ma taré, a no ser que se me ocurra pegar fuego a la casa... Ya veremos.
Y se escanció una copa de aguardiente.
-No beba más -le rogué-. Apiádese de este pobre niño, ya que no se apiada de sí mismo.


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