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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.54

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Siéntate, no me dejes en este estado de ánimo. Pasaría una noche horrible y no quiero sufrir por causa tuya.
-¿Crees que debo quedarme después de haber sido ofendido? -preguntó Linton.
Catalina calló.
-Estoy avergonzado de ti -continuó el joven-. No volveré más.
En los ojos de Catalina relucieron lágrimas.
-Además, has mentido -dijo él.
-No, no -repuso ella-. Lo hice todo sin querer Anda, márchate si quieres... Ahora me pondré a llorar, y lloraré hasta que no pueda más...
Desplomóse en una silla y rompió en sollozos. Eduardo llegó hasta el patio, y allí se paró. Resolví infundirle alientos.
-La señorita -le dije- es tan caprichosa como un niño mimado. Vale más que se vaya usted a casa, porque, si no, es capaz de ponerse enferma con tal de disgustarnos.
Eduardo contempló la ventana. El pobrecillo era tan capaz de irse como un gato lo es de dejar a medio matar un ratón o a medio devorar un jilguero.
«Estás perdido -pensé-. Te precipitas tú mismo hacia tu destino ... »
No me engañé: se volvió bruscamente, entró en la casa, cerró la puerta, y cuando al cabo de un rato fui a
advertirles de que el señor Earnshaw había vuelto beodo y con ganas de armar escándalo, pude comprobar que lo sucedido no había servido sino para aumentar su intimidad y para romper los diques de su timidez juvenil, hasta el punto de que habían comprendido que no sólo eran ami gos, sino que se querían.
Al oír que Hindley había llegado, Linton se fue rápidamente a buscar su caballo, y Catalina a su alcoba. Yo me ocupé de esconder al pequeño Hareton y de descargar la escopeta del señor, ya que él tenía la costumbre, cuando se hallaba en aquel estado, de andar con ella, con grave riesgo de la vida para cualquiera
que le provocara o simplemente le hiciera alguna observación. Mi precaución impediría que Linton causase algún daño si disparaba.

CAPÍTULO IX
En el momento en que yo ocultaba a Hareton en la alacena, Hindley entró mascullando juramentos. A Hare ton le espantaban tanto el afecto como la ira de su padre, porque en el primer caso corría el riesgo de que le ahogara con sus brutales abrazos, y en el segundo se exponía a que le estrellara contra un muro o le arrojara a la lumbre.


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