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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.53

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Estoy segura de que él me disculparía.
-Tampoco a mí me gusta verte trabajar en presencia mía -replicó Catalina imperiosamente.
Estaba nerviosa a causa de la disputa que había sostenido con Heathcliff.
-Lo siento, señorita Catalina -respondí, continuando en mi ocupación.
Ella, creyendo que Eduardo no la veía, me arrancó el trapo de limpieza de las manos y me aplicó un
pellizco soberbio. Ya he dicho que yo no le tenía afecto, y que me complacía en humillar su orgullo
siempre que me era po sible. Así que me incorporé -porque estaba de rodillas y clamé a grito pelado:
-¡Señorita, esto es un atropello, y no estoy dispuesta a consentirlo!
-No te he tocado, embustera -me contestó, mientras sus dedos se aprestaban a repetir la acción. ­
La rabia le había encendido las mejillas, porque no sabía ocultar sus sentimientos, y siempre que se enfadaba, el rostro se le ponía encarnado como un pimiento.
-Entonces, ¿esto qué es? -le contesté señalándole la señal que el pellizco me había producido en el brazo.
Hirió el suelo con el pie, vaciló un segundo y después, sin poderse contener, me dio una bofetada. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
-¡Por Dios, Catalina! -exclamó Eduardo, disgustado de su violencia y de su mentira, e interponiéndose entre nosotras.
-¡Márchate, Elena! –ordenó ella, temblando de rabia.
Hareton, que estaba siempre conmigo, comenzó también a llorar y a quejarse de la «mala tía Catalina». Entonces ella se desbordó contra el niño, le cogió por los hombros y le sacudió terriblemente, hasta que
Eduardo intervino y le sujetó las manos. El niño quedó libre, pero en el mismo momento, el asombrado Eduardo recibió en sus propias mejillas una replica lo bastante contundente para no ser tomada a juego. Se apartó consternado.
Cogí a Hareton en brazos y me fui a la cocina, dejando la puerta abierta para ver cómo terminaba aquel incidente. El visitante, ofendido, pálido y con los labios temblorosos, se dirigió a coger su sombrero.
«Haces bien -pensé para mí -. Aprende, da gracias a Dios de que ella te haya mostrado su verdadero
carácter, y no vuelvas.»
Él quiso pasar, pero ella dijo con energía:
-¡No quiero que te vayas!
-Debo irme.
-No -contestó Catalina, sujetando el picaporte-. No te vayas todavía, Eduardo.


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