Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.50
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No me maravillé de que Catalina le hubiese preferido a Heathcliff, pero pensando en que su espíritu debía corresponder a su aspecto, me asombró que él se hubiese sentido atraído hacia Catalina Earnshaw.
-Es un buen retrato -dije-. ¿Es parecido?
-Sí -repuso el ama de llaves-. En general era así. Cuando estaba animado, parecía más guapo aún.
A raíz de pasar Catalina aquellas cinco semanas con los Linton, siguió manteniendo relaciones de amistad con ellos. Como disimulaba en su presencia su aspereza acostumbrada, logró cautivarles a todos, en especia l a Isabel, que la admiraba, y a su hermano, que terminó por enamo rarse de ella. Como esto la complacía, tenía que desarrollar un doble modo de ser, aunque no con mal deseo. Cuando oía comentar que Heathcliff era un rufián y peor que un bruto, se cuidaba mucho de no parecerse a él, pero cuando estaba en casa mostraba muy poca inclinación a los buenos modales, que, por otra parte, no la hubieran granjeado elogios de ninguno.
Eduardo no se atrevía a frecuentar mucho «Cumbres Borrascosas», porque la mala fama que tenía Earnshaw le asustaba, y temía encontrarse con él. Le recibíamos con muchas atenciones, el amo procuraba también no ofenderle, adivinando la razón de sus asiduidades, y, ya que no le fuera posible mostrarse amable, a lo menos procuraba no dejarse ver. Aquellas visitas me parece que no complacían mucho a Catalina. A ésta le faltaba malicia y no sabía ser coqueta, de modo que no le agradaba que sus dos amigos se encontrasen, porque si Heathcliff mostraba desprecio hacia Linton, ella no podía mostrarse concorde con él, como lo hacía cuando Eduardo no estaba presente, y si Linton, a su vez, expresaba antipatía hacia Heathcliff, tampoco osaba llevarle la contraria. Yo me mofé muchas veces de sus indecisiones y de los disgustos que sufría por causa de ellas, y que trataba de ocultar. Me dirá usted que mi actitud era
censurable, pero aquella jo ven era tan soberbia, que si se quería hacerla más humilde, era forzoso no compadecerla nunca. Al cabo, como no encontraba otro confidente mejor, tuvo que franquearse ante mí.
Una tarde en que el señor Earnshaw había salido, Heathcliff resolvió hacer fiesta aquel día. Creo que tenía entonces dieciséis años, y aunque no era tonto ni feo, su aspecto general era desagradable. La educacion que en sus primeros tiempos recibiera se había disipado.
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