Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.49
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Él la abrazó, ella le echó las manos al cuello, palideció y entre gó el alma.
Hareton, el niño, fue entregado a mis cuidados. El señor Earnshaw se conformaba, respecto al pequeño, con saber que estaba bien y con no oirle llorar. Pero él, por su parte, estaba desesperado. Su dolor era de los que no se manifiestan con lamentaciones. No sollozaba ni rezaba, sino que maldecía de Dios y de los hombres, y se entregó a una vida de loco libertinaje. Ningún criado soportó largo tiempo el tiránico comportamiento que nos daba, y sólo nos quedamos a su lado José y yo. Yo había sido su hermana de leche, y me faltó valor para abandonarle. En cuanto a José, se quedó porque así podía mandar despóticamente a los jornaleros y arrendatarios, y también porque siempre se sentía a gusto donde quiera que hubiese cosas que censurar.
Los malos hábitos y las malas compañías que había contraído el amo constituían un pésimo ejemplo para Ca talina y Heathcliff. Este era tratado de tal manera, que aunque hubiera sido un santo, tenía que acabar convirtiéndose en un demonio. Y, en verdad, el muchacho parecía endemoniado en aquella época. La degradación de Hindley le colmaba de placer y su aspereza y tosquedad aumentaban.
Nuestra vida era un infierno. El cura dejó de acudir a la casa, y terminaron imitándole todas las personas respetables. Nadie nos trataba, excepto Eduardo Linton, que a veces se presentaba a visitar a Catalina. A los quince años, la joven se transformó en la reina de la comarca. Ninguna podía igualarla, y se convirtió en un ser terco y caprichoso. Desde que había dejado de ser niña, yo no la quería, y procuraba humillar su soberbia a todo trance, pero ella no me hacía caso. Conservó un afecto constante hacia Heathcliff, y no quiso nunca a nadie como a él, ni siquiera al joven Linton. Este fue mi último señor: su retrato está ahí, sobre la chimenea. Antes, al lado, estaba colgado el de su mujer y es una pena que lo hayan quitado porque así podría usted haberse hecho una idea de lo que fue. Va mos a repasar eso y verá.
La bujía iluminó un rostro de finas facciones, muy semejante al de la joven de las «Cumbres» pero más pensativo y menos adusto. Era un cuadro agradable. El cabello era rubio y levemente rizado en las sienes, los ojos grandes y reflexivos, y en conjunto una figura que resultaba incluso demasiado graciosa.
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