Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.46
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Yo no me moví de al lado del fuego. Estaba muy lejos de dormirme.
. -Siéntese, señora Dean -le dije-, y siga con su his toria media horita más. Ha hecho bien en contarla a su
manera. Me han interesado mucho sus descripciones.
-Son las once, señor.
-Es igual: yo no suelo acostarme hasta muy tarde. Levantándose a las diez, no importa acostarse a las dos
o a la una. -Es que no debía usted dormir hasta las diez. Pierde usted lo mejor del día. Cuando a esa hora no se ha hecho ya la mitad de la faena diaria, es muy probable que no se pueda hacer lo demás en el día. -Da lo mismo, señora Dean... Ande, siéntese. Creo que tendré mañana que estarme acostado hasta después de cenar, pues parece que no me escaparé sin un buen catarro. -Dios haga que no suceda así, señor. Bien, pues daré un salto de tres años, o sea hasta que la señora Earn-shaw...
-No, nada de saltos. ¿No sabe usted lo que siente el que se encuentra ocupado en mirar cómo una gata lava a sus gatitos, y se indigna cuando ve que deja de lamer una de las orejas de uno de ellos?
-Creo que quien haga eso no es más que un ocioso.
-No lo crea... Bueno: yo me encuentro en ese caso ahora. De modo que cuente usted la historia con todo detalle. En sitios como éste, las gentes adquieren ante el que las observa un valor que puede compararse con el de una araña a los ojos de quien la contempla en un calabozo. La araña en un calabozo tiene una importancia que no tendría para un hombre libre. Pero, de todos modos, el cambio no se debe sólo a la distinta situación del observador. Las gentes, aquí, viven más hondamente, más reconcentradas en sí mismas y menos atraídas por la parte superficial de las cosas. En un sitio así, yo sería capaz hasta de creer en un amor eterno, y eso que he creído siempre imposible que una pasión dure arriba de un año.
-Los que habitamos aquí, cuando se nos conoce, somos como los de cualquier otro sitio -contestó la señora Dean.
-Disculpe, amiga mía -repuse-, pero usted misma es una negación viviente de lo que dice. Usted, aparte de algunos modismos locales muy secundarios, no suele hablar ni obrar como las personas de su clase.
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