Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.41
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Hacía todos los esfuerzos posibles para apartar los ojos.
-Anda, ven -seguí-. Necesitarás media hora para vestirte. Hay un pastel para cada uno de vosotros.
Esperé otros cinco minutos, pero en vista de que no me contestaba, me fui. Catalina comió con sus
hermanos. José y yo celebramos una cena muy poco cordial, amenizada con censuras suyas y malas contestaciones mías. El pastel y el queso de Heathcliff estuvieron toda la noche sobre la mesa para alimento de las hadas. Él estuvo trabajando hasta las nueve, y a esa hora se fue a su habitación, siempre taciturno y terco. Catalina estuvo hasta muy tarde preparándolo todo para recibir a sus nuevos amigos, y una vez que entró en la cocina para buscar a su antiguo camarada, viendo que no estaba se contentó con preguntar por él y marcharse. A la mañana siguiente, Heathcliff se levantó temprano, y como era día de fiesta, se fue malhumorado a los pantanos, y no volvió a aparecer hasta después de que la familia se hubo marchado a la iglesia. Pero el ayuno y la soledad debieron hacerle reflexionar y cuando regresó, después de estar un rato conmigo, me dijo, de súbito:
-Vísteme, Elena. Quiero ser bueno.
-Ya era hora, Heathcliff -contesté-. Has disgustado a Catalina. Cualquiera diría que la envidias porque la miman mas que a ti.
La idea de sentir envidia hacia Catalina le resultó incomprensible, pero lo de disgustarla lo comprendió muy bien. Me preguntó, volviéndose grave:
-¿Se ha enfadado?
-Se echó a llorar cuando le dije esta mañana que te habías ido.
-También yo he llorado esta noche -respondió- y con más motivos que Catalina.
-¿Sí? ¿Qué motivos tenías para acostarte con el corazón lleno de soberbia y el estómago vacío? Los soberbios no hacen más que dañarse a sí mismos. Pero si estás arrepentido, debes pedirle perdón cuando vuelva. Vas arriba, le pides un beso y le dices... Bueno, ya sabes tú lo que le tienes que decir. Pero hazlo con naturalidad y no como si ella fuera una extraña por el hecho de que la hayas visto mejor ataviada. Ahora voy a arreglármelas para vestirte de un modo que Eduardo Linton parezca un mu ñeco a tu lado. ¡Y claro que lo parece! Aunque eres más joven que él, eres mucho más alto y doble de fuerte. Podrías tumbarle de un soplo, ¿no es cierto?
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