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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.17

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Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuando llegó al
«primero de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes
Branderham como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre -exclamé-: sentado entre estas cuatro paredes he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones de su sermón. Setenta veces siete cogí el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted a volverme a sentar. Una vez más es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!»
«Tú eres el réprobo -gritó Jabes, después de un silencio solemne -: Setenta veces siete te he visto hacer
gestos y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré que todo ello merecía perdón. Pero el primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad en él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!»
Emitida esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de peregrino y se arrojaron sobre mí. Al verme desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote. Se cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí cayeron sobre otras cabezas. Todos se apaleaban unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes. Branderham asestaba fuertes puñetazos en el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por despertarme.
Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un abeto que batía contra los cristales de la ventana cada vez que la agitaba el viento.
Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas.
Recordé que descansaba en una caja de madera y que el viento y las ramas de un árbol golpeaban la
ventana. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y traté de abrir el postigo. No lo conseguí, porque la falleba estaba soldada, y entonces rompí el cristal de un puñetazo y saqué la mano para separar la molesta rama. Mas, en lugar de ella, sentí el contacto de una manecíta helada. Me poseyó un intenso terror, y quise retirar el brazo, pero la manecita me aferraba mientras una voz insistía:
-¡Déjame entrar, déjame entrar!
-¿Quién eres? -pregunté pugnando por soltarme.
-Catalina Linton -contestó, temblorosa-.


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