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Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.6

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Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.
Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que resultaba molesta y desagradable.
-Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá enseguida.
Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que
me reconocía.
-¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?
-No son míos -dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el propio Heathcliff.
-Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín con gatitos.
-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó la joven desdeñosamente.
Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.
-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados que había en la chimenea.
A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas
había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable. Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.
Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada
expresion de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.
-No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola.
-Dispense -me apresuré a contestar.
-¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó. Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro.
-Tomaré una taza con mucho gusto -repuse.
-¿Está usted invitado? -repitió.
-No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted para invitarme.
Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con los labios como un niño a punto de llorar.


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