Cumbres Borrascosas (Emily Bronte) - pág.5
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en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida.
El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de frío todos mis miembros.
Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, saltó la valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes.
«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me importa. He de entrar.»
Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana del granero.
-¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.
-¿No hay quien abra la puerta?
-Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería
inútil.
-¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?
-¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó, mientras se retiraba.
Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palab ra.
-¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia de sus criados.
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