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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.25

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Vanina se fue dando cuen­ca poco a poco de que el impresionante cambio que observaba en su amante era enteramente moral, y en modo alguno consecuencia de malos tratos físi­cos. Su dolor, que ella creyera insuperable, aumentó más aún.
Missirilli callaba. Vanina seguía llorando amar­gamente. El preso añadió, también un poco emo­cionado:
-Si yo amara algo en el mundo, sería a usted, Vanina; pero, gracias a Dios, ya no tengo más que una finalidad en la vida: moriré encarcelado o in­tentando dar la libertad a Italia.
Otro silencio; evidentemente, Vanina no podía hablar: en vano lo intentaba. Missirilli añadió:
-El deber es cruel, amiga mía; pero, si no costara un poco cumplirlo, ¿dónde estaría el heroísmo? Prométame que nunca más intentará verme.
Hasta donde se lo permitía la cadena, bastante apretada, hizo un pequeño movimiento de muñeca y tendió los dedos a Vanina.
-Si permite que le dé un consejo un hombre al que quiso, cásese juiciosamente con el hombre de mérito que su padre le destina. No le haga ninguna confidencia enojosa, pero, por otra parte, no intente nunca más volver a verme; en lo sucesivo debemos ser extraños el uno para el otro. Adelantó usted una cantidad importante para el servicio de la patria; si algún día la patria se ve libre de sus tiranos, esa can­tidad le será fielmente devuelta en bienes naciona­les.
Vanina estaba aterrada. Mientras Pedro le ha­blaba, sólo una vez le habían brillado los ojos: en el momento de nombrar la patria.
Por fin vino el orgullo en ayuda a la joven prin­cesa. Se había provisto de diamantes y unas peque­ñas limas. Sin contestara Missirilli, se lo ofreció.
-Acepto por deber -dijo él-, pues debo intentar escaparme; pero nunca volveré a verla, lo juro ante sus nuevos beneficios. ¡Adiós, Vanina! Prométame no escribirme jamás, no intentar nunca verme; dé­jeme todo entero para la patria; he muerto para us-ted. ¡Adiós!
-¡No! -replicó Vanina, furiosa-, quiero que sepas lo que he hecho llevada por el amor que te tenía.
Y le contó todos sus pasos desde el momento en que salió del palacio de San Nicolo para ir al del legado.


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