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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.23

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Vanina ,upo después que iban a trasladar al cas­tillo de San Leo a los carbonarlos de Forli, y decidió que intentaría ver a Missirilli cuando pasara por Ci-ttà-Castellana; llegó a esta ciudad veinticuatro horas antes que los presos y en ella encontró al clérigo Cari, que la había precedido en varios días.
Había conseguido del carcelero que Missirilli pudiera oír misa a medianoche en la capilla de la prisión.
Hicieron más: si Missirilli accedía a que le atasen los brazos y las piernas con una cadena, el carcelero se retiraría hacia la puerta de la capilla, de manera que pudiese seguir viendo al prisionero, del que era responsable, pero no oír lo que dijera.
Llegó por fin el día en que iba a decidirse la suerte de Vanina. Muy de mariana se encerró en la capilla de la prisión. ¿Quién podría decir los pensa­mientos que la agitaron durante todo aquel largo día? ¿La amaba Missirilli lo suficiente para perdo­narla? Había denunciado a su vendita, pero le había salvado a él la vida. Vanina esperaba que, cuando la razón se impusiera en aquella alma atormentada, Missirilli accedería a marcharse de Italia con ella: si había pecado, era por exceso de amor. A eso de las cuatro oyó lejos los pasos de los caballos de los ca­rabineros sobre el pavimento. Cada uno de aquellos pasos parecía repercutirle en él corazón. No tardo en distinguir el rodar de los carros en que traslada­ban a los presos. Se detuvieron en la explanada que daba acceso a la prisión. Vanina vio cómo dos cara­bineros levantaban a Missirilli, que iba solo en un carro y tan cargado de cadenas que no podía mo-verse. «Por lo menos -se dijo, con lágrimas en los ojos-, todavía no le han envenenado.» La noche fue terrible; sólo la lámpara del altar, muy alta y en la que el carcelero economizaba el aceite, alumbraba aquella oscura capilla. Las miradas de Vanina erra­ban sobre las tumbas de los grandes señores de la Edad Media muertos en la prisión contigua. Sus es­tatuas tenían una traza feroz.
Hacía tiempo que había cesado todo ruido.


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