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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.20

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A1 día siguiente, monseñor Catanzara volvió a su palacio a medianoche y no encontró a su ayuda de cámara; el ministro, extrañado, llamó varias ve­ces; por fin apareció un viejo criado imbécil; el mi­nistro, furioso, decidió desnudarse él mismo. Cerró la puerta con llave; hacía mucho calor; cogió su há­bito, lo enrolló y lo tiró hacia una silla. El hábito, lanzado con demasiada fuerza, pasó por encima de la silla, pegó contra la cortina de muselina de la ventana y dibujó la forma de un hombre. El minis­tro se precipitó hacia la cama y cogió una pistola. Al volver a la ventana, se acercó a él, pistola en mano, un hombre muy joven que vestía la librea de la casa. El ministro apuntó; iba a disparar. El joven le dijo riendo:
-¡Vamos!, ¿no reconoce monseñor a Vanina Vanini?
-¿Qué significa esta pesada broma? -replicó fu­ribundo el ministro.
-Hablemos con calma -dijo Vanina-. En primer lugar, su pistola no está cargada.
El ministro, atónito, comprobó el hecho; des­pués sacó un puñal del bolsillo de su chaleco4.
Vanina le dijo, con un encantador airecillo de autoridad:
-Sentémonos, monseñor.
Y se sentó tranquilamente en un canapé.
_Al menos, ¿está usted sola? - preguntó el mi­nistro.
-¡Completamente sola, se lo juro! -exclamó Va-nina.
El ministro se cuidó de comprobarlo: recorrió la habitación y miró en todas partes, hecho lo cual se sentó en una silla a tres pasos de Vanina.
-¿Qué interés iba a tener yo -dijo Vanina en un tono dulce y tranquilo- en atentar contra los días de un hombre moderado y que probablemente sería
Seguramente un prelado romano no podría mandar con bravura un cuerpo de ejército, como le ocurrió varias veces a un general de división que gira ministro de la policía en París cuando el asunto de Mallet Pero nunca se dejaría detener en su casa así como así. Temería demasiado las burlas de sus colegas. Un romano que .e sabe odiado no deja nunca de ir bien armado. No hemos creído necesario justificar otras varias pequeñas diferencias entre las maneras de obrar y de hablar de París y las de Roma.


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