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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.11

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Vanina era muy feliz.
«Si Pedro no tuviera más remedio que elegir entre la patria!"´ y yo –pensaba-, tendría yo la prefe­rencia»
Dieron las tres en el reloj de la iglesia vecina; llegaba el momento de los íntimos adioses. Pedro se desprendió con gran es? fuerzo de los brazos de su amiga. Estaba ya bajando la pequeña escalera, cuan­do Vanina, conteniendo las lágrimas, le dijo con una sonrisa
-Si te hubiera cuidado una pobre campesina, ¿no harías nada por agradecimiento? ¿No procura­rías pagarla? El porvenir es inseguro vas a viajar en medio de tus enemigos: dame tres días de agradeci­miento, como si yo fuera una pobre mujer y en pa­go del mis cuidados.
Missirilli se quedó. Por fin se fue de Roma. Gracias a un pasaporte comprado de una embajada extranjera, llegó a casa de su familia. Fue una gran alegría: le creían muerto. Sus amigos quisieron cele­brar la bienvenida matando a uno o dos carabineros (así se llaman los guardias en los estados del papa).
-No debemos matar sin necesidad a un italiano que sabe manejar las armas -dijo Missirilli-; nuestra patria no es una isla, como la venturosa Inglaterra: nosotros carecemos de soldados para resistir la in­tervención de los reyes de Europa.
A1 poco tiempo, Missirilli, seguido de cerca por los carabineros, mató a dos con las pistolas que le había dado Vanina. Pusieron su cabeza a precio.
Vanina no aparecía en la Romaña y Missirilli se creyó olvidado. Su vanidad se sintió ofendida; em­pezó a pensar mucho en la diferencia de rango que le separaba de su amante. En un momento de debi­lidad amorosa y de añoranza de la felicidad pasada, le pasó por la mente la idea de volver a Roma a ver qué hacía Vanina. Esta insensata ocurrencia iba ya a imponerse a lo que él creía su deber, cuando una noche la campana de una iglesia de la montaña tocó el Angelus de una manera especial, como si el cam­panero se hubiera distraído. Era una señal de reu­nión para la vendita de carbonarios a la que se había afiliado Missirilli al llegar a la Romaña.


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