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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.8

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«Pues bien -acabó por decirse-, si le veo es por mí, porque me gusta hacerlo, y jamás le confesaré el amor que me inspira.» Hacía largas visitas a Missiri­lli, que le hablaba como hubiera podido hacerlo en presencia de veinte personas. Una noche, después de pasar el día odiándole y prometiéndose solem­nemente estar con él aún más fría y más severa que de costumbre, le dijo que le amaba. Al poco tiempo ya no le quedó nada que negarle.
Gran locura la suya, pero hay que reconocer que Vanina fue perfectamente feliz. Missirilli ya no pen­só en lo que él creía deber a su dignidad de hombre; amó como se ama por primera vez a los diecinueve aíro, y en Italia. Sintió todos los escrúpulos del amor pasión. Hasta el punto de confesar a aquella joven princesa tan orgullosa la política que había puesto en práctica para conquistar su amor. Estaba asom­brado de tanta felicidad. Pasaron volando cuatro meses. Un día el cirujano dio de alta a su paciente. «¿Qué voy a hacer ahora? -pensó Missirilli-, ¿per­manecer escondido en casa de una de las mujeres más bellas de Romas? ¡Los infames tiranos, que me tuvieron trece meses encarcelado sin dejarme ver la luz del día, creerán que me han desanimado! ¡Italia, muy desdichada eres, si tus hijos te abandonan por tan poco!»
Vanina no pensaba ni por un momento que pa­ra Pietro hubiera en el mundo mayor felicidad que la de permanecer toda la vida unido a ella, Missirilli parecía muy dichoso, pero en su alma resonaba amargamente una frase del general Bonaparte que influía en toda su conducta ante las mujeres. En 1796, cuando el general Bonaparte se fue de Bres­cia, las autoridades municipales que le acompañaban hasta la puerta de la ciudad le dijeron que los bres­cianos amaban la libertad más que todos los demás italianos. «Sí -contestó Bonaparte-, aman1 hablar de la libertada sus amantes.»
Missirilli dijo a Vanina, con un aire bastante cortado:
-En cuanto anochezca, tengo que salir.
-Ten mucho cuidado de volver al palacio antes del amanecer; te esperaré.


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