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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.6

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Allí pasé trece meses en un ca­labozo alumbrado noche y día con una lamparilla. A un alma caritativa se le ocurrió la idea de facilitarme la fuga. Me vistieron de mujer. Cuando salía de la prisión, al pasar por delante de los guardianes de la última puerta, uno de ellos se pino a echar pestes de los carbonarlos. Le di un bofetón. Le aseguro que no fue una fanfarronada tonta, sino simplemente un descuido. Después de esta imprudencia fue perse-guido de noche por las calles de Roma y herido a bayonetazos. Perdiendo ya mucha sangre y casi sin fuerzas, subo a una casa que tenía la puerta abierta, oigo a los soldados subir detrás de mí, salto a un jardín y caigo a unos pasos de una mujer que estaba paseando...
-La condesa Vitteleschi, la amiga de mi padre ­interrumpió Vanina.
-¡Cómo! ¿se lo ha dicho ella? -exclamó Missirilli. El caso es que esa señora, cuyo nombre no se debe pronunciar jamás, me salvó la vida. Cuando los sol-dados entraban en su casa para cogerme, su padre de usted me hacía subir a su coche. Me siento muy mal: desde hace días, este bayonetazo en la espalda no me. deja respirar. Voy a morir, y desesperado porque ya no la veré más.
Vanina había escuchado con impaciencia. Salió rígidamente. Missirilli no encontró ninguna piedad en aquellos ojos, tan bellos: sólo la expresión de un carácter altivo al que acababan de ofender.
Aquella noche apareció, solo, un cirujano. Missirilli estaba, en efecto, desesperado: tenía miedo de no ver nunca más a Vanina. Hizo preguntas al cirujano, el cual se limitó a curarle sin contestar. Los días siguientes, el mismo silencio. Pedro no aparta­ba los ojos de la ventana de la terraza por la que antes entraba Vanina. Se sentía muy desgraciado. Una vez, a medianoche, creyó divisar a alguien en la sombra de la terraza. ¿Sería Vanina?
Vanina iba todas las noches a pegar la mejilla a los cristales ¡lela ventana del joven carbonarlo.
«Si le hablo -se decía-, estoy perdida. ¡No, no debo verle nunca más!»


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