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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.4

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Al día siguiente, Vanina se atrevió a esconderse en la pequeña terraza antes de que llegara su padre. Vio a don Asdrúbal entrar en la habitación de la descono­cida. Llevaba una cestita con provisiones. El prínci­pe parecía preocupado y no dijo gran cosa. Además, hablaba tan bajo que, aunque la puertaventana esta­ba abierta, Vanina no pudo oír sus palabras. El príncipe se marchó en seguida.
«Muy terrible tiene que ser lo que le pasa a esta pobre mujer se -dijo Vanina-, para que mi padre, con su carácter tan despreocupado, no se fíe de na-die y se tome la molestia de subir todos los días veinte escalones.»
Un día, Vanina acercó un poco la cabeza a la ventana de la . desconocida, se encontraron sus mi­radas y se descubrió todo. Vanina cayó de rodillas y exclamó:
-La quiero; cuente conmigo.
La desconocida le hizo seña de que entrara.
-Le pido mil perdones -se disculpó Vanina-. ¡Qué ofensiva debe de parecerle mi curiosidad! Le juro que guardaré el secreto y que, si me lo exige, no volveré más.
-¿Quién no se sentiría feliz por verla? -dijo la desconocida-. ¿Vive usted en este palacio?
-¡Claro que sí! Pero veo que no me conoce: soy Vanina, hija de don Asdrúbal.
La desconocida la miró con gesto de sorpresa, se sonrojó vivamente y añadió:
-Dígnese permitirme esperar que vendrá a ver­me todos los días; ahora bien, desearía que el prín­cipe no se enterase de sus visitas.
A Vanina le palpitaba fuertemente el corazón. Las maneras de la desconocida le parecían suma­mente distinguidas. Sin duda aquella pobre mucha­cha había ofendido a algún hombre poderoso. ¿No habría matado a su amante en un arrebato de celos? Vanina no podía atribuir su desgracia a una causa vulgar. La desconocida le dijo que había recibido en la espalda una herida que le había?,? llegado al pe­cho y le dolía mucho. A veces se le llenaba la boca de sangre.
-¡Y no tiene un cirujano!
-Ya sabe usted que en Roma -dijo la desconoci­da- los cirujanos tienen que dar parte a la policía de todas las heridas a que atienden.


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