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Vanina Vanini (Stendhal) - pág.3

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Vanina miró hacia arriba y le extrañó que estuviera abierta una de las ventanas del piso que con tanto cuidado había cerrado su padre. Se desprendió de su señora de compañía, subió a los desvanes del palacio y a fuerza de buscar dio con una ventanita enrejada que daba a la terraza de los naranjos. La ventana abierta que le había llamado la atención estaba a dos pasos. No cabía duda: en aquella habitación había alguien, pero ¿quién? Al día siguiente, Vanina consiguió la llave de una pequeña puerta que daba a la terraza de los naranjos.
Se acercó callandito a la ventana, que seguía abierta. Una persiana impedía que la vieran desde dentro. A1 fondo de la habitación había una cama y en la cama una persona. Su primera reacción fue retirarse, pero vio en una silla un vestido de mujer. Mirando mejor a la persona que estaba en la cama, observó que era rubia y parecía muy joven. Ya no le cabía duda de que era una mujer. El vestido que estaba en la silla tenía manchas de sangre, lo mismo que los zapatos de mujer que se veían sobre la mesa. La desconocida hizo un movimiento y Vanina se dio cuenta de que estaba herida. Le cubría el pecho una gran franja de tela manchada de sangre, y aque­lla franja estaba sólo atada con dos cintas; no era un cirujano quien así se la puso.
Vanina observó que todos los días, a eso de las cuatro, su padre se encerraba en sus habitaciones y en seguida subía a ver a la desconocida; luego baja-ba y se iba a casa de la condesa Vitteleschi. Nada más salir él, Vanina subía a la pequeña terraza desde donde podía ver a la desconocida. Su sensibilidad estaba muy interesada por aquella joven tan desgra­ciada; intentaba adivinar su aventura. El vestido en­sangrentado que estaba sobre la silla había sido apuñalado varias veces. Vanina podía contar los desgarrones. Un día vio mejor a la desconocida: te­nía los ojos, azules, fijos en el cielo: La joven prin­cesa tuvo que esforzarse mucho por no hablarle.


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