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Los Cenci (Stendhal)

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Los Cenci

Stendhal

El don Juan de Moliére es, sin duda, un hombre mujeriego, pero es sobre todo un hombre de buena sociedad: antes de entregarse a su irresistible incli­nación a las mujeres bonitas, le importa principal-mente ajustarse a cierto modelo ideal, quiere ser el hombre que sería soberanamente admirado en la corte de un rey joven, galante e inteligente.
El don Juan de Mozart está ya más cerca de la naturaleza y es menos francos, piensa menos en la opinión ajena; no se preocupa, ante todo, por pa­restre como dice el barón de Foeneste, de D’Aubigné. Del don Juan de Italia, tal como debió de ser en ese bello país en el siglo XVI, en los prin­cipios de la civilización del Renacimiento, ornemos sólo dos retratos.
De estos dos retratos, hay uno que no puedo dar a conocer: el siglo es demasiado mojigato; hay que recordar aquella gran frase que yo oí repetir va­rias veces a lord Byron: This age of cant («estos tiempos de hipocresía»). Esta hipocresía tan aburri­da y que no engaña a nadie ofrece la inmensa ven­taja de dar a los hombres algo que decir: se escandalizan de que alguien se atreva a hablar de tal cosa, de que alguien se permita reírse de tal otra, etc. La desventaja está en achicar enormemente el cam­po de la historia.
Si el lector tiene el buen gusto de permitírmelo, voy a ofrecerle, con toda humildad, una informa­ción histórica sobre el otro don Juan, del que se puede hablar en 1837. Se llamaba Francisco Cenci.
Para que don Juan sea posible, es necesario que en la sociedad haya hipocresía. En la antigüedad, don Juan habría sido un efecto sin causa; entonces la religión era una fiesta, exhortaba a los hombres al placer: ¿cómo iba a fustigar a los seres que ponían todo su afán en cierto placer? Sólo el gobierno ha­blaba de «abstenerse»; prohibía las cosas que podían dañar a la patria, es decir, al interés general bien en­tendido, y no lo que puede dañar al individuo que actúa.
Es decir, en Atenas cualquier hombre que tuvie­ra afición a las mujeres y mucho dinero podía ser un don Juan sin que nadie tuviera nada que decir, por­que nadie profesaba que esta vida es un valle de lá­grimas y que hay mérito en mortificarse.


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