El filtro (Stendhal) - pág.9
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.. ¡Ah, caballero, cómo va a despreciarme!
-Señora -le contestó Liéven-, la escucho con atención, peto no pienso más que en mi desdicha: ama usted para siempre a un hombre más afortunado.
-Seguramente habrá oído usted hablar del famoso Mayral -dijo Leonor, bajando los ojos.
-¿El caballista español? ¡Claro que sí! -repuso extrañado Liéven-. Ha movilizado a codo Burdeos. Es muy ágil y guapo.
-Por mi desgracia, caballero, creí que no era un hombre sin categoría. Mientras hacía sus piruetas a caballo, no cesaba de mirarme. Un día, al pasar debajo del palco, del que acababa de salir mi marido, me dijo en catalán: «Soy capitán de las tropas del Márquesito (sic) y la adoro a usted.» ¡Ser amada por un caballista, qué horror, caballero! Y mayor infamia aún poder pensar en esto sin espanto. Los días siguientes tuve la fuerza de voluntad de no ir al circo. ¿Qué quiere que le diga, caballero? Sufría mucho. Un día, mi doncella me dijo: «El señor Ferrandez ha salido. Le ruego, señora, que lea este papel.» Y escapó, cerrando la puerta. Eta una carta muy tierna de Mayral. Me contaba la historia de su vida; decía que era un pobre militar obligado por la más horrible penuria a hacer un oficio que me ofrecía abandonar por mí. Su verdadero nombre era don Rodtigue (sic) Pimentel. Volví al circo. Poco a poco fui creyendo en los infortunios de Mayral y recibiendo con alegría sus cartas. Y, ¡ay de mí!, acabé por contestarle. Le amé cota pasión, con una pasión -añadió don Leonor, rompiendo a llorar- que nada ha podido quebrantar, ni siquiera los más tristes descubrimientos... No tardé en ceder a sus ruegos y deseé tanto como él la ocasión de hablarle. Sin embargo, ya entonces tuve una sospecha: pensé que quizá Mayral no tenía nada de Pimentel ni de capitán de las tropas del Marquesito.
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