Poquita cosa (Alfonso Daudet) - pág.49
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Quedamos, pues, en que yo quería leer a Condi-
llac. Necesitaba un Condillac, costase lo que costase.
P O Q U I T A C O S A
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Desgraciadamente, la biblioteca del colegio era bien
pobre y los libreros de Sarlande no tenían semejante
artículo. Resolví dirigirme al abate Germán. Sus
hermanos me habían dicho que en su habitación te-
nía más de dos mil volúmenes, y no dudaba que en-
tre ellos encontraría el libro de mis sueños. Pero
aquel diablo de hombre me atemorizaba y para de-
cidirme a subir a su reducto tuve que echar mano de
todo mi amor por el señor de Condillac.
Al llegar delante de su puerta mis piernas tem-
blaban... Llamé dos veces muy suavemente.
-¡Adelante! -me respondió una voz de titán.
El terrible abate Germán estaba sentado a hor-
cajadas en una silla baja las piernas extendidas, la
sotana remangada dejando ver unas piernas mus-
culosas que resaltaban vigorosamente debajo de sus
medias de seda negra. De codos sobre el respaldo
de lasilla leía un infolio, y fumaba a grandes chupa-
das una pequeña pipa corta y negra de las llamadas
«quema-gargantas»
-¡Eres tú! -me dijo -levantando apenas los ojos
de su infolio-. ¡Buenos días! ¿Cómo estás?.. ¿Qué
quieres?
Su voz penetrante, el aspecto severo de la habita-
ción tapizada dé libros, el modo caballeresco como
A L F O N S O D A U D E T
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estaba sentado, y aquella pipa que tenía entre los
dientes, todo me intimidaba mucho.
Conseguí, no obstante, explicarle el objeto de mi
visita y le pedí el famoso Condillac.
-¡Condillac! ¡tú quieres leer Condillac! -me res-
pondió el abate Germán sonriendo -. ¡Vaya una
idea rara! ¿No preferirías fumar una buena pipa
conmigo?.. Descuelga esa tan bonita que hay colga-
da allá abajo, contra la pared, y enciéndela... ya verás
cómo es mejor que todos los Condillacs de la tierra.
Me excusé con el gesto, ruborizándome.
-¿No quieres?.. A tu gusto, muchacho... Tu Con-
dillac está allá arriba en el tercer estante de la iz-
quierda... puedes llevártelo, te lo presto. Sobre todo
no lo estropees, si no te cortaré las orejas.
Alcancé el Condillac del tercer estante de la iz-
quierda y me disponía a retirarme, pero el abate me
detuvo.
-¿Te ocupas, pues, de filosofía? -me dijo mirán-
dome en los ojos-.
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