Poquita cosa (Alfonso Daudet) - pág.38
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dos puchetazos descargados sobre la mesa:
-¡A trabajar, señores, a trabajar!
Así es cómo Poquita Cosa comenzó su primera
lección.
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VI
LOS PEQUEÑOS
Estos no eran malos, no; eran los otros. Nunca
me hicieron daño y yo les amaba mucho, porque
aún no habían aprendido las picardías del colegio y
toda su alma se podía leer en sus ojos.
Nunca les castigaba. ¿Por qué? ¿Es que se castiga
a los pájaros?.. Cuando piaban demasiado alto, no
tenía más que gritar: «¡Silencio!» e inmediatamente
mis pajaritos se callaban... lo menos por cinco mi-
nutos.
El mayor tenía once años. ¡Once años! ¡Y el
gordinflón Serrieres que se alababa de llevarlos a
golpes de varilla!
A L F O N S O D A U D E T
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-Yo nunca tuve que hacer uso de ella. Lo único
que intenté es ser siempre bueno.
Algunas veces, cuando habían sido juiciosos, les
contaba un cuento... ¡Un cuento!.. ¡Qué dicha! Ple-
gaban los cuadernos, cerraban los libros; tinteros,
reglas plumas, todo revuelto iba a parar al fondo, de
los pupitres; después, con los brazos cruzados so-
bre la mesa y los grandes ojos muy abiertos, escu-
chaban. Yo había compuesto para ellos cinco o seis
pequeños cuentos fantásticos: La primera salida de una
cigarra, Los infortunios de Juan Consejo, etc. Entonces,
como ahora el bueno de La Fontaine era mi santo
de predilección en el calendario literario y mis
cuentos no hacían más que comentar sus fábulas;
solamente que yo ni mezclaba en ellos mi propia
historia. Había siempre un pobre grillo obligado a
ganarse la vida como Poquita Cosa, una coccinela que
encuadernaba sollozando como Eyssette (Jaime)
Esto divertía mucho a mis pequeños, y también a
mi. Desgraciadamente, el señor Viot no creyó del
caso que nos divirtiésemos así.
Tres o cuatro veces por semana el terrible hom-
bre de las llaves giraba una visita de inspección por
el colegio, para ver si todo iba de acuerdo con el re-
glamento... pues bien, uno de esos días, llegó a
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nuestra clase precisamente en el momento más pa-
tético de la historia de Juan Consejo. Al ver entrar al
señor. Viot, todos se estremecieron. Los pequeños,
azorados, se miraron.
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