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Hacia el abismo (Alfonso Daudet) - pág.151

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Su hermano protestó.
-¿Qué estás diciendo amigo mío? ¿No he sido yo tu
cómplice? Cuando estemos delante de esos jueces infames,
no trates de disculparme o me obligarás a declarar que has
mentido. Unidos en la muerte como en la vida -añadió estre-
chando la mano de su hermano, -esta es divisa con que
siempre nos hemos honrado. Permanezcamos fieles a ella
hasta nuestra última hora y no procuremos, tú y yo, más que
probar que mi nieto es injustamente acusado.
Dalassene protestó a su vez.

E R N E S T O D A U D E T

218

-Quiero participar de la suerte de usted, abuelo -afirmó.
-Si ustedes son condenados, ¿cómo podré sobrevivirles? Pre-
fiero la muerte á. una existencia siempre envenenada por el
remordimiento de haber abreviado la de ustedes. Si no con-
sigo salvarlos, la muerte será para mí una expiación y una li-
beración al mismo tiempo. He escrito al presidente de la
Convención, y espero aún que la asamblea querrá oírme.
No decía Dalassene la verdad al expresar esta esperanza,
que sabía que era frágil y casi irrealizable. Y la actitud de su
abuelo y de su tío le probó que no creían más que él que fue-
se posible la salvación. Pero no tuvieron tiempo de enume-
rarle las razones de su incredulidad. El plazo concedido a los
presos para el paseo en el patio iba a acabarse y era preciso
que se separasen. Hasta el día siguiente no podrían ya comu-
nicarse entre ellos, a no ser que comprasen la complacencia
de los carceleros, cosa que se hacía diariamente y que cada
uno de ellos se prometía hacer.
Seguro de haber reconquistado la ternura de sus ancia-
nos parientes y de no ser ya para ellos un objeto de horror,
Dalassene hubiera vuelto a su celda más dichoso que cuando
salió de ella, si no hubiera estado torturado por el remordi-
miento y al mismo tiempo por el recuerdo de Lucía.
Como los dos ancianos, aquella desgraciada mujer era
también su víctima. Ella, sin duda, no moriría.


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