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Hacia el abismo (Alfonso Daudet) - pág.99

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Una inspiración súbita se apoderó violentamente de su
pensamiento y la dispuso a intentar un esfuerzo supremo en
favor de Dalassene, aunque tuviera que humillarse a los pies
de aquella rival despreciable.
-Quiero hablar con ella -dijo a Clara.
Y sin dejar tiempo a su hermana de discutir su decisión,
atravesó rápidamente el estudio y se precipitó en la pieza en
que la Villars estaba esperando que ella se marchase para salir
a su vez.
ver a Lucía, la Villars, sorprendida, hizo ademán de
cederle el puesto.
-Quédese usted, señora, -dijo Lucía. -Perdón, ciudadana
-añadió excusándose así de haber empleado una palabra cuyo
uso estaba abolido por la República.
Una sonrisa burlona acentuó la habitual expresión de
descaro que caracterizaba a la Villars.

H A C I A E L A B I S M O

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-¡Bah! puede usted colocarme el señora, si esa es su
costumbre -dijo con ironía. -Eso no me molesta y aquí no
tiene consecuencias... ¿Quiere usted hablarme?
Lucía desdeñó el hacer caso del tono agresivo de estas
palabras y, como si no las hubiera oído, respondió:
-Es necesaria entre nosotras una explicación. Será breve,
pues no tengo que decirle más que dos palabras. Usted quiere
perder a Dalassene y yo quiero salvarle. ¿ Qué hay que hacer
para desarmar a usted?
-¡Para desarmarme! -exclamó la Villars. -Pregunta tardía,
bella señora. Fue hace seis meses cuando hubiera sido nece-
sario hacérmela. Entonces era yo capaz de dejarme enternecer
porque esperaba recobrar a ese ingrato y la esperanza de con-
seguirlo podía hacerme sensible a un ruego. Hoy mi corazón
está cerrado. He sido abandonada. El desgraciado me ha
arrojado de su casa cuando me presenté a suplicarle que vol-
viese a mí. No he podido lograr que me escuchase y he jura-
do vengarme. ¿Y en el momento que mi venganza va a dar
sus frutos pide usted que me desarme? ¡Vamos allá!
-Podría usted responderme sin incomodarse -observó
Lucía, que, a pesar de la violencia de aquel lenguaje, se esfor-
zaba por conservar su calma; -no vengo como enemiga.
Lejos de apaciguarse, la Villars se irritó más aun.


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