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Hacia el abismo (Alfonso Daudet) - pág.39

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ama de gobierno, les dio las últimas instrucciones para su
partida, que debía verificarse a los pocos días. Clara lloraba,
pero estaba callada. La Gerard expresaba sus sentimientos en
frases regañonas y bruscas.
-¿Qué va a decir el señor Conde? Se va a poner furioso y
con razón. ¿Quién hubiera esperado esto? Me parece que
estoy soñando.
No soñaba, por desgracia. Era muy real aquella partida
precipitada cuyos preparativos se hacían a toda prisa, y muy
real también la pena que causaba a Clara la resolución toma-
da por su hermana bajo la influencia de Dalassene.
-Nuestra separación no es más que momentánea -le de-
cía ésta para consolarla. -Dentro de unos días estaremos reu-
nidas de nuevo.
Pero Clara movía tristemente la cabeza, dominada por
tristes presentimientos, asustada más que entristecida por la
arriesgada aventura en que se metía su hermana tan resuelta-
mente. Hubiérase dicho que preveía el porvenir.
Silenciosa y triste, siguió a la fugitiva hasta el umbral de
su casa, y en la puertecilla del jardín por la que Dalassene ha-

E R N E S T O D A U D E T

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bía salido, cambiaron un último y tierno adiós. La noche ha-
bía favorecido hacía un momento la salida del joven miem-
bro de la Convención, y debía favorecer del mismo modo la
de Lucía y la Gerard, que había querido acompañar a su se-
ñora hasta la plaza de San Carlos. Nadie las vio alejarse, y
pocos instantes después recorrían con seguro paso la vía dell´
Ospedale por la que circulaban numerosos transeúntes, para
los cuales las dos mujeres eran desconocidas y que no se fija-
ron en ellas.
Después de haberlas visto desaparecer, Clara volvió al
salón, y la Gerard la encontró allí una hora más tarde, al vol-
ver a la casa. La joven estaba rezando arrodillada y llorosa.
-Se han marchado -dijo el ama de gobierno entrando so-
focada.
Y al ver que Clara abría la boca para pedir detalles, aña-
dió en voz baja:
-Ni una palabra, señorita. Creo que la policía viene si-


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