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Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) - pág.71

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dos los árboles del inundo, dando´ cada cual en su
estación respectiva, flores y frutos exóticos. Entre
los campos de trigo y los macizos de alcornoques,
relucía una corriente de agua fresca, que daba gusto
ver en esa asfixiante madrugada, y admirando al par
el lujo y el orden de esas cosas, aquella hermosa
quinta con sus arcos moriscos, sus terrazas entera-
mente blancas, de flor de espino, las cuadras y los
cobertizos agrupados en torno, pensaba yo que
veinte arios ha cuando aquellas intrépidas gentes
habían ido a instalarse en ese valle del Sahel, no ha-
bían encontrado más que una mala casilla de peón
caminero y un terreno inculto, erizado de palmeras
enanas y lentiscos. Todo hubo que crearlo y que

A L F O N S O D A U D E T

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construirlo. A cada instante, levantamiento de ára-
bes. Era preciso dejar el arado para hacer disparos.
Después, las enfermedades, oftalmías, fiebres, la
falta de cosechas, los tanteos de la inexperiencia, la
lucha con una administración ciega y siempre flo-
tante.
¡Qué esfuerzos! ¡Qué de fatigas! ¡Qué incesante
vigilancia!
Aun ahora, a pesar de haberse concluido los
malos tiempos y de la fortuna tan caramente adqui-
rida, ambos, el hombre y la mujer, eran quienes
primero se levantaban en la granja. A aquella hora
matutina, oíales yo ir y venir por las grandes cocinas
de la planta baja, vigilando el café de los trabajado-
res. Bien pronto sonó una campana, y al cabo de un
instante los obreros desfilaron por el camino. Viña-
dores de Borgoña; labrado kabilas con fez rojo;
peones mahoneses, con las piernas desnudas; malte-
ses y luqueses; todo un pueblo heterogéneo, difícil
de guiar. El hacendado, delante de la puerta, distri-
buía a cada uno de ellos su tarea de la jornada, con
voz breve y un poco dura. Cuando hubo concluido
el buen hombre, levantó la cabeza y escudriñó el
cielo con aspecto intranquilo; luego, al verme en la
ventana, me dijo:

C A R T A S D E M I M O L I N O


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