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Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) - pág.34

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Palombo:

No, señor,
Es mucho honor.
Liseta es honrada y no fe... a:
Se queda en la alde... a...

Y por más rachas que venían, haciendo gemir el
velamen, zarandeando é inundando la barca, la can-
ción del aduanero seguía su curso, balanceada cual
una gaviota en la cresta de las olas. Algunas veces el
viento acompañaba demasiado fuerte, ya no se oían
las palabras; pero tras cada golpe de mar, entre el
murmullo del agua que chorreaba, oíase de continuo
el estribillo del cantar:

Liseta es honrada y no fe... a:
Se queda en la alde... a...

C A R T A S D E M I M O L I N O

59

Sin embargo, en un día de viento y lluvia muy
fuertes, no lo oí ya. Era tan extraordinario esto, que
saqué del camarote la cabeza:
-¡Eh, Palombo! ¿Hoy no se canta?
Palombo no respondió. Estaba inmóvil, echado
en su banco. Me acerqué a él. Castañeteábanle los
dientes; todo su cuerpo temblaba de fiebre.
-Tiene una puntura -me dijeron tristemente sus
camaradas.
La que llaman ellos puntura es una punzada de
costado, una pleuresía. Aquella gran cerrazón plo-
miza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre
febricitante envuelto en un viejo capote de caucho
que relucía bajo la lluvia como una piel de foca: en
mi vida he visto nada más lúgubre. Bien pronto
agravaron su enfermedad el frío, el viento y el vai-
vén de las olas. Entróle delirio; hubo que atracar.
Al cabo de mucho tiempo y grandes esfuerzos,
entramos al atardecer en una ensenadita árida y si-
lenciosa, animada solamente por el vuelo circular de
algunas gouailles. En todo alrededor de la playa er-
guíanse altas rocas escarpadas, intrincados laberin-
tos de arbustos verdes, de un verde obscuro y hoja
perenne. Abajo, a orillas del agua, una casita blanca,
con postigos grises, era el puesto de la aduana. En

A L F O N S O D A U D E T

60

medio de ese desierto, aquel edificio del estado, con
cifras como una gorra de uniforme, tenía algo de


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