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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.53

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Recuerdo, en fin, que aunque estaba profundamente interesada en mi lectura, al volver una página levanté los ojos hacia la puerta. Durante un momento permanecí escuchando, consciente de la falsa impresión que me asaltó la primera noche de que algo indefinible se movía en el interior de la casa, y noté que el suave aliento de la ventana abierta movía el velo de la cama. Entonces, con todas las señales de una decisión que habría resultado magnífica a los ojos de un espectador ocasional, solté el libro, me puse de pie, tomé una vela, salí de la habitación y cerré silenciosamente la puerta detrás de mí.
   No puedo decir ahora qué fue lo que me decidió y me guió, pero el hecho es que caminé directamente a lo largo del pasillo, sosteniendo en alto mi vela, hasta llegar ante la alta ventana que presidía al gran rellano de la escalera. En aquel momento me di cuenta, de súbito, de tres cosas. Fueron para mí, prácticamente, simultáneas, aunque se produjeron como secuencias sucesivas. Mi vela, bajo un soplo de viento audaz, se apagó, y yo percibí, por la ventana descubierta, que las primeras claridades del alba la hacían innecesaria; y supe, un instante después, que había alguien más en la escalera. He hablado de secuencias, pero no fue necesario sino un lapso de unos segundos para endurecerme a fin de tener un tercer encuentro con Quint. La aparición estaba muy cerca de la ventana y, al verme, se detuvo en seco y me miró exactamente como me había mirado desde la torre y desde el jardín. Me conocía tan bien como yo a él; y así, a la leve claridad del amanecer, nos volvimos a enfrentar con recíproca intensidad. En esa ocasión era una presencia absolutamente viviente, detestable y peligrosa, pero no era aún la maravilla de las maravillas; esa distinción la reservo para otra circunstancia, la de que todos mis temores me habían abandonado y no había nada en mí que me impidiera enfrentarme y medirme con él.
   Me sentí llena de angustia después de aquel extraordinario momento, pero, a Dios gracias, no sentí terror alguno.


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