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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.49

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   -Si Quint era un criado vulgar, como señaló usted al tratar con el niño este asunto, una de las cosas que Miles debe haberle dicho, me imagino, es que usted era otra... -nuevamente su asentimiento fue tan total, que proseguí-: ¿Y le perdonó usted esa respuesta?
   -¿No lo habría hecho usted?
   -¡Oh, sí, por supuesto! -y al llegar aquí, en el silencio de la noche, intercambiamos signos de profunda comprensión; luego continué:
   -De todos modos, mientras él estaba con el hombre...
   -¡La señorita Flora estaba con la mujer! ¡Y todos tan contentos!
   También yo lo estaba, y bastante; con lo cual quiero decir que aquello encajaba perfectamente en el monstruoso cuadro que yo estaba a punto de prohibirme concebir. Pero mayor luz pudo ofrecer mi comentario final a la señora Grose:
   -Confieso que los cargos de que haya mentido y mostrado su impudicia me parecen menos graves de los que esperaba que hubiera descubierto usted en nuestro joven. Sin embargo -murmuré-, existen; y más que nunca me hacen sentir que debo permanecer alerta.
   Me ruboricé al siguiente momento, al ver en la cara de mi compañera cuán sin reservas había ya perdonado a Miles; sentí que mi propia ternura esperaba sólo la ocasión para manifestarse. Ésta se presentó cuando, ya en la puerta del salón de las clases, mi amiga murmuró al despedirse:
   -No irá usted a acusarlo...
   -¿De sostener una relación que me oculta? ¡Ah!, recuerde que mientras no tenga pruebas más concluyentes, no puedo acusar a nadie -luego, antes de que ella tomase otro corredor para dirigirse a sus habitaciones, añadí-: No me queda sino esperar.

IX

   Esperé y esperé, y los días, al pasar, se llevaron algo de mi consternación. No fue necesario que transcurrieran muchos para que el espectáculo constante de mis discípulos, no presentándose ningún nuevo incidente, difuminara los contornos de atroces fantasías y aun de odiosos recuerdos como si un cepillo o una esponja hubiese pasado sobre ellos. He hablado de la rendición a su extraordinaria gracia infantil como de algo que yo misma podía promover activamente, y es fácil suponer que no descuidé entonces recurrir a esa fuente en busca del necesario bálsamo.


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