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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.41

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.., pero no muy cerca.
   -¿Y no se aproximó un poco?
   -¡Oh, por el efecto y la sensación producida, podía haber estado tan cerca como está usted!
   Mi amiga dio un paso atrás con un extraño impulso.
   -¿Era alguien a quien usted había visto antes?
   -Nunca. Pero la niña sí. Y usted también -entonces expresé todo lo que había concebido-: Era mi predecesora..., la que murió.
   -¿La señorita Jessel?
   -La señorita Jessel. ¿No me cree usted? -la apremié.
   La señora Grose se volvía de derecha a izquierda presa del desconcierto.
   -¿Cómo puede estar usted tan segura?
   Por el estado de mis nervios, aquella respuesta provocó un estallido de impaciencia.
   -Pregúnteselo a Flora.., ella está segura -pero no bien hube dicho eso cuando logré recuperarme-. ¡No, por el amor de Dios, no lo haga! Diría que no vio nada... mentiría.
   La señora Grose no estaba tan perturbada como para que instintivamente no protestara.
   -¡Oh!, ¿cómo puede...?
   -Estoy segura. Flora no quiere que yo sepa nada.
   -¿Trata, pues, de ahorrarle...?
   -¡No, no... esto es algo más profundo, más profundo! Mientras más ahondo, más lo veo así; y mientras más veo, más temo. ¡No sé qué es lo que no temo!
    La señora Grose hizo un esfuerzo por comprenderme.
   -¿Quiere decir que teme volver a verla?
   -¡Oh, no... eso ahora no es nada! -luego expliqué-: Lo que temería sería no verla.
   Pero mi compañera me miró vacuamente.
   -No la comprendo.
   -Mire: lo que temo es que la niña pueda verla, y que logre hacerlo sin que yo lo sepa.
   Ante la idea de aquella posibilidad, la señora Grose pareció por un momento anonadada; sin embargo, logró recuperarse una vez más, como si tuviera conciencia de que, si cedíamos una pulgada, estábamos perdidas.
   -Querida, querida..., ¡no debemos perder la cabeza! Después de todo, si a ella no le importa... -su boca se torció en una mueca que pretendía ser una sonrisa-. Tal vez a ella le gusta.
   -¡Gustar esas cosas.


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