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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.34

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   -Pero... ¿cómo puede saberlo?
   -¡Lo sé, lo sé, lo sé! -mi exaltación iba en aumento-. ¡Y también usted lo sabe, querida!
   No lo negó, pero advertí que no era necesario que yo dijera esas cosas. De cualquier manera, poco después replicó:
   -¿Qué tiene de raro que quiera verlo?
   -¿Al pequeño Miles? ¡No es precisamente lo que quiere!
   Me pareció que de nuevo estaba intensamente asustada.
   -¿El niño?
   -No, el hombre. ¡Dios no lo permita! Quiere aparecer ante ellos.
   El hecho de que era capaz de hacerlo, estaba probado. Yo tenía la absoluta certidumbre de que volvería a ver lo que ya había visto, pero algo en mi interior me decía que, si me ofrecía como sujeto único de la experiencia, aceptándola, invitándola, superándola del todo, podría servir de víctima expiatoria y proteger la tranquilidad de todos los demás. Especialmente, evitaría aquella experiencia a los niños. Me acuerdo de una de las últimas cosas que aquella noche dije a la señora Grose:
   -Me sorprende que mis alumnos no hayan mencionado nunca...
   La señora Grose me lanzó una mirada tan extraña, que me impidió terminar la frase, pero ella lo hizo por mí.
   -¿La estancia de él aquí, y el tiempo que pasaron juntos?
   -Sí, el tiempo que pasaron con él, y su nombre, su presencia, su historia, en fin...
   -¡Oh!, la pequeña no lo recordará. Ella no llegó a enterarse.
   -¿De las circunstancias de su muerte? -pregunté con intensidad-. Tal vez no. Pero Miles debería recordar... Miles debería saber...
   -¡Ay!, mejor será que no le pregunte -exclamó la señora Grose.
   Le devolví la mirada que me había dirigido.
   -No tema -y luego murmuré-: Es bastante raro.
   -¿Que no le haya hablado nunca de él?
   -No ha hecho nunca la más pequeña alusión. ¿Y dice usted que eran grandes amigos?
   -¡Oh!, Miles no era él mismo en esos momentos -declaró la señora Grose con énfasis-. Eran cosas de Quint. Jugaba con él.... Mejor dicho, lo echaba a perder -hizo una breve pausa y luego añadió-.


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