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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.30

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   -Sí, desde luego.
   -¿Por qué no me lo dijo entonces?
   -Tenía mis razones... Sin embargo, ahora que usted lo ha adivinado...
   Los redondos ojos de la señora Grose parecieron rechazar aquella aseveración.
   -¡Ah, no, yo no he adivinado nada! -dijo sencillamente-. ¿Qué iba a poder adivinar?
   -No sé. Por un momento...
   -¿No ha visto, pues, a ese hombre en ninguna parte más que en la torre?
   -Y en este mismo lugar.
   La señora Grose volvió a mirar alrededor.
   -¿Qué estaba haciendo en la torre?
   -Sólo permanecía de pie en la plataforma y me miraba.
   Volvió a meditar por unos instantes.
   -¿Era un caballero?
   Me di cuenta de que no necesitaba pensarlo para responder.
   -No, no.
    Ella se me quedó mirando con una expresión de sorpresa creciente.
   -Entonces, ¿no era nadie de aquí?, ¿no era nadie del pueblo?
   -Nadie, nadie. No se lo dije a usted, pero de eso estoy segura.
   Respiró con alivio. Aquello, extrañamente, parecía calmarnos.
   -Pero, si no es un caballero...
   -¿Qué es, entonces? Un horror.
   -¿Un horror?
   -Es... ¡Dios me valga si sé lo que es!
   La señora Grose volvió a escudriñar en torno nuestro; clavó la mirada en la brumosa lejanía y luego, encogiéndose de hombros, se volvió hacia mí y exclamó con abrupta incoherencia:
   -Ya es hora de que estemos en la iglesia.
   - ¡No me siento en condiciones para ir a la iglesia!
   -¿No le haría a usted bien?
   -No se lo haría a ellos -dije, señalando hacia la casa.
   -¿A los niños?
   -No podría dejarlos ahora.
   -¿Teme usted que...?
   Hablé con audacia.
   -Tengo miedo de él.
   La ancha cara de la señora Grose me mostró por primera vez, al oír aquellas palabras, el tenue reflejo de una conciencia más aguda: me pareció advertir en ella el alba tardía de una idea que yo no le había inculcado y que era aún oscura para mí. Recuerdo ahora que entonces pensé en ello como en algo que podría sonsacarle; y sentí que eso se relacionaba con el deseo que ella mostraba de saber más.


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