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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.17

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   -¿Era una persona cuidadosa...?
   La señora Grose parecía luchar por ser precisa.
   -Sí... en determinadas cosas.
   -¿Pero no en todas?
   La señora Grose se quedó meditando un instante.
   -Bueno, señorita, ella ya ha muerto; no quiero andar contando historias.
   -Comprendo muy bien sus sentimientos -me apresuré a responder; pero al cabo de unos instantes me pareció que a aquella concesión no se oponía preguntarle-: Murió aquí?
   -No... Ya se había marchado.
   No sé por qué la concisión de la señora Grose me pareció tan ambigua.
   -¿Se marchó... para morir? -insistí.
   La señora Grose miró hacia la ventana, pero a mí me parecía que tenía derecho a saber qué les aguardaba a las jóvenes institutrices de Bly.
   -¿Quiere decir que enfermó y regresó a su casa?
   -No enfermó, que yo sepa, aquí. Se marchó a su casa, a fin de año, para pasar allá unas breves vacaciones a las que, sin duda, tenía derecho, después del tiempo que llevaba aquí. Teníamos entonces a una niñera, una joven que había continuado con nosotros y era buena y competente. Aceptó quedarse con los niños durante ese tiempo. Pero nuestra institutriz no volvió y, precisamente cuando la estábamos esperando, me informó el amo que había muerto.
   -Pero ¿de qué? -volví a preguntar.
   -¡Nunca me lo dijo! Si me lo permite usted, señorita -terminó la señora Grose-, debo volver a mi trabajo.

III

   Por fortuna, la manera como la señora Grose me dio la espalda en aquella ocasión no fue un obstáculo para el desarrollo de nuestra mutua estimación. Por el contrario, después de que regresé con el pequeño Miles, nuestras relaciones se volvieron más íntimas, siempre sobre la base del asombro que me causaba el hecho de que aquel niño que acababa de conocer hubiera sido objeto de una expulsión. Llegué con cierto retraso al lugar fijado para el encuentro y, al observarlo mientras él permanecía buscándome con la mirada en la puerta de la posada donde lo había depositado el cochero, pensé que en aquel instante captaba de él, de dentro y fuera de su ser, la misma positiva fragancia de pureza que había percibido desde el primer momento en su hermanita.


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