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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.8

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   Douglas hizo en ese momento una pausa que decidí aprovechar en beneficio del auditorio:
   -La moraleja que se desprende es que, por lo visto, no podía resistirse a la seducción ejercida por aquel espléndido joven. Sucumbió a él.
   Douglas se levantó, como había hecho la noche anterior, se acercó a la chimenea, empujó un leño hacia el fuego con la punta del zapato y, por un momento, permaneció de pie y de espaldas a nosotros.
   -Sólo lo vio dos veces.
   -Eso, precisamente, constituye lo más hermoso de su pasión.
   Me quedé sorprendido al ver que Douglas se volvía en redondo hacia mí.
   -Fue algo hermoso. Hubo otras -continuó- que no aceptaron, que no sucumbieron. Él le habló con franqueza de sus dificultades; le dijo que otras aspirantes al empleo lo habían rechazado por encontrar inaceptables las condiciones. Sencillamente, se espantaban, sobre todo al conocer la condición principal.
   -Que era...
   -La de no molestarlo nunca; nunca, rigurosamente nunca. No recurrir a él, ni quejarse, ni escribirle por ningún concepto. Debían resolver por sí mismas todos los problemas; recibir el dinero de su administrador, tomar todas las cosas en sus manos y dejarlo en paz. Mi amiga prometió cumplir esas condiciones, y me contó que cuando el joven, encantado, le retuvo un momento la mano, dándole las gracias por el sacrificio, ella se sintió ya con eso recompensada.
   -Pero ¿fue ésa toda su recompensa? -preguntó una de las damas.
   -Nunca más volvió a verlo.
   -¡Oh! -suspiró ella.
   Y aquél fue, ya que nuestro amigo nos volvió a dejar esa noche, el único comentario sobre el tema, hasta que al día siguiente, cerca de la chimenea y en el mejor sillón, Douglas abrió un álbum delgado, de estilo antiguo y tapas de un rojo desvanecido. En realidad, la lectura duró más de una velada y, antes de que en esa noche comenzara, la misma dama formuló otra pregunta:
   -¿Cuál es el título?
   -No tengo ninguno.
   -¡Oh, yo tengo uno! -dije.
   Pero Douglas, sin dar señales de haberme oído, comenzó a leer con una elegante claridad que parecía comunicar al oído la belleza de la caligrafía de la autora.


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