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La otra vuelta de tuerca (Henry James) - pág.7

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Era ahora ama de llaves y al mismo tiempo se ocupaba de la niña, por quien sentía, ya que, por fortuna, era una mujer sin hijos, un inmenso cariño. Había mucha gente para ayudar, pero, por supuesto, la joven que entrara en la casa en calidad de institutriz tendría la autoridad suprema. Debería hacerse cargo también, durante las vacaciones, del niño, que por el momento estaba internado en una escuela. Sí, era demasiado pequeño para ello, pero ¿qué otra cosa podía hacerse? Dado que las vacaciones estaban ya al caer, debía presentarse de un día a otro.
   Al principio cuidaba de los niños una joven que, para desdicha de ellos, había muerto. Se había comportado de un modo magnífico, pues era una joven de lo más respetable, hasta su muerte catastrófica, entre otras cosas, por no haber dejado otra alternativa al pequeño Miles. A partir de entonces, la señora Grose hizo todo lo que buenamente pudo por atender a Flora. Había además una cocinera, una doncella, una mujer que hacía la ordeña, un viejo mozo de cuadra, una vieja jaca y un viejo jardinero: un equipo de lo más respetable.
   No bien acababa Douglas de describir aquel cuadro, cuando alguien formuló una pregunta:
   -¿Y cómo murió la anterior institutriz? ¿Indigesta de tanta respetabilidad?
   La respuesta de nuestro amigo fue inmediata:
   -Eso se sabrá a su debido tiempo. No quiero anticiparme.
   -Perdón. Pensé que era eso precisamente lo que estaba usted haciendo.
   -Puesto en el lugar de la sucesora -sugerí-, me habría gustado saber si el empleo significaba...
   -¿Un peligro mortal? -Douglas completó mi pensamiento-. Ella quiso enterarse y se enteró. Mañana sabrán ustedes de qué se enteró. En principio, el empleo que se le ofrecía no la entusiasmaba demasiado. Era una mujer joven, inexperta y nerviosa, y el panorama que se presentaba ante ella era el de una serie de pesados deberes y poca compañía; realmente, de una gran soledad. Vaciló. Pidió un par de días para considerar el asunto. Pero el salario que le ofrecían excedía con mucho al que hubiera obtenido con cualquier otro empleo, y en una segunda entrevista aceptó.


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