Imperio ruso bajo Pedro El Grande (Voltaire) - pág.42
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Casi todas
las demás costumbres eran groseras; pero no hay
que suponer que fuesen tan bárbaras como dicen
tantos escritores. Alberto Krautz habla de un embajador
italiano a quien un zar hizo clavar el sombrero
en la cabeza por no haberse descubierto al dirigirle
la palabra. Otros atribuyen esta aventura a un tártaro;
en fin, se ha referido este mismo cuento a un
embajador francés.
Olearius pretende que el zar Miguel Federowitch
deportó a Siberia a un marqués de Euxidenil, embajador
del rey de Francia Enrique IV; pero nunca,
seguramente, envió este monarca ningún embajador
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VOLTAIRE
a Moscú. Es lo mismo que cuando los viajeros hablan
del país de Borandia, que no existe; que han
comerciado con los naturales de Nueva Zembla, que
apenas está habitada; que han tenido lugar conversaciones
con los samoyedos, como si hubiesen po-
dido entenderles. Si se suprimiese de las enormes
compilaciones de viajes todo lo que no es cierto ni
útil, esas obras y el público ganarían mucho en ello.
El gobierno se parecía al de los turcos por la
milicia de los strelitz, la cual, como la de los genízaros,
dispuso algunas veces del trono y perturbó al
Estado casi siempre tanto como lo sostuvo. Estos
strelitz eran en número de cuarenta mil hombres.
Los que estaban repartidos por las provincias vivían
del pillaje; los de Moscú vivían como burgueses;
comerciaban, no servían y llevaban al exceso la insolencia.
Para establecer el orden en Rusia era preciso
disolverlos; nada más necesario ni más peligroso.
El Estado no poseía en el siglo XVII cinco millones
de rublos -cerca de veinticinco millones de
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