El mundo tal como va (Voltaire) - pág.11
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escalera hasta el segundo piso, a una habitación mal amueblada, donde
halló a una mujer mal vestida que le dijo con aire noble y patético:
-Esta profesión no me da para vivir; uno de los príncipes que habéis
visto me ha hecho un bebé; dentro de poco daré a luz. Me falta dinero, y
sin él no se puede tener un buen parto.
Babuc le entregó cien daricos de oro, diciéndole:
-Si sólo se tratase de estos casos en la ciudad, Ituriel haría mal en
enfadarse tanto.
Después se fue a pasar la velada en casa de unos comerciantes que
vendían magníficas inutilidades. Un hombre inteligente con quien había
trabado conocimiento lo llevó allí; compró lo que le pareció, que fue
vendido con mucha cortesía, y por lo que abonó mucho más de lo que valía.
De vuelta en su casa, el amigo le demostró que lo habían engañado. Babuc
puso el nombre del comerciante en sus tablillas, para que Ituriel supiera
de quién se trataba en el día del castigo de la ciudad. Cuando lo estaba
escribiendo, llamaron a la puerta; era el mercader en persona, que llegaba
para devolver la bolsa que Babuc se había descuidado encima del mostrador.
-¿A qué será debido que seáis tan fiel y tan generoso, después de
tener la osadía de venderme estas baratijas cuatro veces más caras de lo
que valen? -exclamó Babuc.
-No hay ningún comerciante que sea algo conocido en esta ciudad que no
hubiese venido a devolveros la bolsa -le respondió el vendedor- Pero os
han mentido al decir que os había vendido lo que habéis comprado en mi
casa cuatro veces más caro de lo que vale: os lo he vendido diez veces más
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