El mundo tal como va (Voltaire) - pág.7
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indulgente, tenía una mano puesta en el torno del cuello del magistrado,
en tanto mantenía la otra alrededor del cuello de un ciudadano más joven,
muy bien parecido y muy modesto. La mujer del magistrado fue la primera
que se levantó para ir a una habitación contigua a conversar con su
director espiritual, el cual, a pesar de ser esperado para la comida,
había llegado demasiado tarde; el director, que era hombre elocuente, le
habló a la dama con tanta vehemencia y unción, que ésta, cuando volvió al
comedor, tenía los ojos húmedos, las mejillas encendidas, el paso inseguro
y la palabra temblorosa.
Entonces, Babuc empezó a temer que el genio Ituriel tuviera razón. El
talento que había recibido para poder atraer la confianza del prójimo le
facilitó conocer los secretos de la esposa del oficial; ésta le confió su
cariño hacia el joven mago, y le aseguró que en todas las casas de
Persépolis hallaría la equivalencia de lo que había observado en la suya.
Babuc llegó a la conclusión de que una sociedad así no podía subsistir;
que los celos, la discordia y la venganza debían desolar a todas las
familias; que todos los días debían verterse muchas lágrimas y mucha
sangre; que, con certeza, los maridos matarían a los galanes de sus
esposas o serían muertos por ellos; y que, finalmente, Ituriel hacía muy
bien en querer destruir de golpe a una ciudad librada a tan continuo
desorden.
Cuando se hallaba más absorto con aquellas ideas funestas, se presentó
a la puerta un hombre severo, con capa negra, que pidió humildemente
permiso para hablar al joven magistrado. Este, sin levantarse ni dignarse
mirarle, le entregó fríamente y con aire distraído algunos papeles y lo
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