El mundo tal como va (Voltaire) - pág.6
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con voz más afinada. Puede que la Providencia tenga sus razones para ello;
dejemos que actúe a su manera."
El sol ya se hallaba a la mitad de su carrera. Babuc tenía que ir a
comer en la casa de una dama, donde iba recomendado con una carta del
marido, un oficial del ejército. Antes de presentarse, dio algunas vueltas
por Persépolis; pudo contemplar otros templos mejor construidos y
adornados con más gusto, llenos de personas elegantes y en los que
resonaba una música armoniosa; observó algunas fuentes públicas, mal
situadas, aunque atraían las miradas por su belleza; unas plazas donde
parecía que los mejores reyes de Persia respiraban en sus figuras de
bronce, y otras plazas donde el pueblo gritaba:
-¿Cuándo veremos aquí la estatua del soberano que tanto amamos?
Admiró los magníficos puentes que cruzaban el río, los muelles
soberbios y cómodos, los palacios construidos a derecha e izquierda, un
inmenso edificio donde millares de viejos soldados, heridos y vencedores,
daban todos los días gracias al Dios de los ejércitos. Finalmente, entró
en la casa de la dama, que estaba esperándole para comer en compañía de
gente decente. La casa estaba limpia y arreglada con gusto; la comida era
deliciosa; la dama, joven, bella, espiritual y atractiva; los comensales,
dignos de ella. Y Babuc se decía continuamente: "El ángel Ituriel se está
burlando de todo el mundo cuando dice querer destruir a una ciudad tan
encantadora".
No obstante, llegó a percibir que la dama, la cual había empezado
solicitándole con ternura noticias de su marido, al final de la comida
hablaba muy tiernamente a un joven mago. Vio que un magistrado acosaba
vivamente a una viuda en presencia de su esposa, y que la tal viuda,
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