El mundo tal como va (Voltaire) - pág.5
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dos sexos. Aquella multitud se precipitaba con aire atontado hacia un
vasto lugar cercado y sombrío. Por el murmullo que escuchaba, por el
movimiento y por el dinero que vio que daban unas personas a otras para
poder sentarse, creyó encontrarse dentro de un mercado donde vendían
sillas de paja; pero al observar que muchas mujeres se arrodillaban,
mirando con fijeza enfrente de ellas, y ver los rostros de hombres que
tenía a su lado, pronto se dio cuenta de que estaba en un templo. Voces
ásperas, roncas, salvajes y discordantes hacían resonar la bóveda con
sonidos mal articulados, que daban una impresión parecida a los rebuznos
de los asnos silvestres cuando responden, en las llanuras de los pictavos,
a la corneta que los llama. Se obturó los oídos, luego tuvo que cerrar los
ojos y taparse la nariz con presteza, cuando vio entrar en el templo a
unos obreros con palancas y palas. Estos obreros removieron una gran
piedra y echaron, a su derecha y a su izquierda, una tierra que exhalaba
un hedor espantoso; luego se colocó un cadáver en aquella abertura, a la
que otra vez cubrieron con la piedra.
"¡Vamos! -exclamó para sí Babuc-. ¡Esta gente entierra a sus muertos
en el mismo lugar que adora a la Divinidad! ¡Vaya! ¡Sus templos están
cubiertos de cadáveres! Ya no me asombra que Persépolis se halle tan a
menudo asolada por enfermedades pestilentes... La podredumbre de los
muertos y la de tantos vivos reunidos y apretados en el mismo sitio es
capaz de emponzoñar a todo el globo terrestre. ¡Ah, la despreciable ciudad
de Persépolis! Parece que los ángeles la quieren destruir para
reconstruirla más bella y poblarla de habitantes más limpios y que canten
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