El mundo tal como va (Voltaire) - pág.3
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El primer ministro de la India y el nuestro sostuvieron con
dignidad los derechos de sus dueños respectivos. La querella se enardeció.
Cada parte contrincante puso en campaña un ejército compuesto por un
millón de soldados. Este ejército tuvo que reclutar anualmente más de
cuatrocientos mil hombres. Los asesinatos, incendios, ruinas y
devastaciones se multiplicaron; sufrieron los dos lados y aún continúa el
encarnizamiento. Nuestro primer ministro y el de la India no paran de
manifestar que todo se hace en beneficio del género humano, y después de
cada manifestación, siempre resulta alguna ciudad destruida y varias
provincias saqueadas.
Al día siguiente, después de correr el rumor de que se iba a concertar
la paz, el general persa y el general indio se apresuraron a entablar
batalla; fue una lucha sangrienta. Babuc pudo observar todas las
peripecias y todas las abominaciones; fue testigo de las maniobras de los
principales sátrapas, que hicieron lo imposible a fin de que su propio
jefe fuese derrotado. Vio oficiales muertos por sus mismas tropas;
contempló soldados que remataban, arrancándoles jirones de carne
sangrienta, a sus propios compañeros moribundos, desgarrados y cubiertos
de fango. Entró en hospitales adonde se transportaban los heridos, que
expiraban por la negligencia inhumana de los mismos que el rey de Persia
pagaba con creces para socorrer: "¿Es que son hombres o bestias feroces?
-se decía Babuc-. ¡Ah! Ya veo bien que Persépolis será destruida".
Ocupado con este pensamiento, se personó en el campamento de los
indios, donde fue tan bien recibido como lo había sido en el de los
persas, según le predijera la deidad; pero también pudo comprobar los
mismos excesos que le habían llenado de horror.
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