Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.139
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Fue en verdad desgracia mía encontrarlos en aquella ocasión no muy diestros en sus lecciones, y aun al mismo profesor le acontecía equivocarse generalmente. Este artista cuenta en el más alto grado con el estímulo y la estima de toda la hermandad.
En otra habitación me complació grandemente encontrarme con un arbitrista que había descubierto un plan para arar la tierra por medio de puercos, a fin de ahorrar los gastos de aperos, ganado y labor. El método es éste: en un acre de terreno se entierra, a seis pulgadas de distancia entre sí, cierta cantidad de bellotas, dátiles, castañas y otros frutos o verduras de que tanto gustan estos animales. Luego se sueltan dentro del campo seiscientos o más de ellos, que a los pocos días habrán hozado todo el terreno en busca de comida y dejádolo dispuesto para la siembra. Cierto que la experiencia ha mostrado que la molestia y el gasto son muy grandes y la cosecha poca o nula; sin embargo, no se duda que este invento es susceptible de gran progreso.
Entré en otra habitación, en que de las paredes y del techo colgaban telarañas todo alrededor, excepto un estrecho paso para que el artista entrara y saliera. Al entrar yo me gritó que no descompusiese sus tejidos. Se lamentó de la fatal equivocación en que el mundo había estado tanto tiempo al emplear gusanos de seda, cuando tenemos tantísimos insectos domésticos que infinitamente aventajan a esos gusanos, porque saben tejer lo mismo que hilar. Díjome luego que empleando arañas, el gasto de teñir las sedas se ahorraría totalmente; de lo que me convenció por completo cuando me enseñó un enorme número de moscas de los colores más hermosos, con las que alimentaba a sus arañas, al tiempo que me aseguraba que las telas tomaban de ellas el tinte. Y como las tenía de todos los matices, confiaba en satisfacer el gusto de todo el mundo tan pronto como pudiese encontrar para las moscas un alimento, a base de ciertos aceites, gomas y otra materia aglutinante, adecuado para dar fuerza y consistencia a los hilos.
Vi un astrónomo que había echado sobre sí la tarea de colocar un reloj de sol sobre la veleta mayor de la Casa Ayuntamiento, ajustando los movimientos anuales y diurnos de la Tierra y el Sol de modo que se correspondiesen y coincidieran con los cambios accidentales del viento. Visité muchas habitaciones más; pero no he de molestar al lector con todas las rarezas que vi, en gracia a la brevedad.
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