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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.116

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Cito esto como ejemplo de la gran fuerza de la costumbre y el prejuicio.

     En poco tiempo llegué con mi familia y mis amigos a buena inteligencia; pero mi mujer protestó que nunca volvería al mar en mi vida, aunque mi destino desgraciado dispuso de modo que ella no pudo estorbarlo, como verá el lector más adelante. En tanto, doy aquí por concluída la parte segunda de mis desventurados viajes.







Tercera parte
Un viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y el Japón.



Capítulo I
El autor sale en su tercer viaje y es cautivado por piratas. -La maldad de un holandés. -El autor llega a una isla. -Es recibido en Laputa.
     No llevaba en casa arriba de diez días, cuando el capitán William Robinson, de Cornwall, comandante del Hope Well, sólido barco de trescientas toneladas, se presentó a verme. Yo había sido ya médico en otro barco que él patroneaba, y navegado a la parte, con un cuarto del negocio, durante una travesía a Levante. Me había tratado siempre más como a hermano que como a subordinado, y, enterado de mi llegada, quiso hacerme una visita, puramente de amistad por lo que pensé, ya que en ella sólo ocurrió lo que es natural después de largas ausencias. Pero repetía sus visitas, expresando su satisfacción por encontrarme con buena salud, preguntando si me había establecido ya por toda la vida y añadiendo que proyectaba una travesía a las Indias orientales para dentro de dos meses; viniendo, por último, a invitarme francamente, aunque con algunas disculpas, a que fuese yo el médico del barco. Díjome que tendría otro médico a mis órdenes, aparte de nuestros dos ayudantes; que mi salario sería doble de la paga corriente, y que, como sabía que mis conocimientos, en cuestiones de mar por lo menos, igualaban los suyos, se avendría a cualquier compromiso de seguir mi consejo en iguales términos que si compartiésemos el mando.
     Me dijo tantas amables cosas, y yo le conocía como hombre tan honrado, que no pude rechazar su propuesta; tanto menos cuanto que el deseo de ver mundo seguía en mí tan vivo como siempre. La única dificultad que quedaba era convencer a mi esposa, cuyo consentimiento, sin embargo, alcancé al fin, con la perspectiva de ventajas que ella expuso a los hijos.
     Emprendimos el viaje el 5 de agosto de 1706, y llegamos a Fort St.


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