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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.105

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A la última puso término venturoso el abuelo de este príncipe con un acomodamiento general, y la milicia, establecida entonces por común acuerdo, se ha mantenido siempre dentro de su más estricto deber.



Capítulo VIII
El rey y la reina hacen una excursión a las fronteras. -El autor les acompaña. -Muy detallada relación del modo en que sale del país. -Regreso a Inglaterra.
     Tenía yo siempre una firme confianza en que recobraría la libertad alguna vez, aunque me era imposible conjeturar por qué medios, ni formar proyecto ninguno que tuviese probabilidad de salir bien. El barco en que yo navegaba fue el único del que supiese que hubiera llegado a la vista de aquellas costas, y el rey había dado rigurosas órdenes para que, si algún otro apareciera, lo sacaran del agua y en un carro lo llevaran a Lorbrulgrud. Tenía él grandes deseos de procurarme una mujer de mi mismo tamaño con quien pudiera propagar la casta; pero yo creo que hubiese consentido morir antes que sufrir la desventura de dejar una descendencia para ser enjaulada como canarios domésticos, y quizá alguna vez vendida por todo el reino a las personas de condición, en calidad de rareza. Cierto que se me trataba con mucha amabilidad y que era el favorito de unos poderosos reyes y el deleite de toda la corte; pero todo ello bajo un pie que resultaba en desdoro de la dignidad humana. Nunca podía olvidarme de los cariños domésticos que había dejado detrás de mí. Deseaba estar entre gentes con quienes pudiese conversar en términos llanos y pasear por las calles y los campos sin miedo a ser muerto de un pisotón, como una rana o un perrillo faldero. Pero mi liberación vino más pronto de lo que yo esperaba y por caminos nada comunes. Relataré fielmente la completa historia y las circunstancias de ella.
     Llevaba ya dos años en aquel país, y hacia el principio del tercero, Glumdalclitch y yo acompañábamos al rey y a la reina en un viaje a la costa Sur del reino. A mí me llevaban, según costumbre, en mi caja de viaje, que, como ya he referido, era un muy cómodo gabinete de doce pies de anchura. Yo había mandado que me colgaran una hamaca con cuerdas de seda sujetas a los cuatro ángulos superiores a fin de amortiguar los vaivenes cuando un criado me llevaba delante de él en el caballo, como muchas veces solicité, y con frecuencia dormía en ella cuando estábamos en camino.


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