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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.98

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     Se rió de mi extraña especie de aritmética -como se dignó llamarla-, que computaba nuestro número de habitantes, haciendo un cálculo sobre las varias sectas de religión y política que existen entre nosotros. Dijo que no conocía razón ninguna para que a aquellos que mantienen opiniones perjudiciales al interés público se les obligue a cambiar ni para que se les obligue a ocultarlas. Y así como en un Gobierno fuera tiranía pedir lo primero, es debilidad no exigir lo segundo; que un hombre puede guardar venenos en su casa, mas no venderlos por cordiales.
     Observó que entre las diversiones de nuestros nobles y gentes principales había yo mencionado la caza. Quiso saber a qué edad comenzaban por regla general este entretenimiento y cuándo lo abandonaban; cuánto tiempo dedicaban a él; si alguna vez iba tan lejos que afectase las fortunas; si gentes indignas y viciosas no podrían por su destreza en este arte llegar a hacer grandes capitales, y aun en ocasiones a colocar a los nobles mismos en un plano de dependencia, así como a habituarles a compañías indignas, apartarlos completamente del cultivo de su inteligencia y forzarlos con la pérdida sufrida a ejercitar y practicar esa habilidad infame por encima de todas las otras.
     Se asombró grandemente cuando le hice la reseña histórica de nuestros asuntos durante el último siglo, e hizo protestas de que aquello era sólo un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, justamente los efectos peores que pueden producir la avaricia, la parcialidad, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la ambición.
     En otra audiencia recapituló Su Majestad con gran trabajo todo lo que yo le había referido; comparó las preguntas que me hiciera con las respuestas que yo le había dado, y luego, tomándome en sus manos y acariciándome con suavidad, dio curso a las siguientes palabras, que no olvidaré nunca, como tampoco el modo en que las pronunció: «Mi pequeño amigo Grildrig: habéis hecho de vuestro país el más admirable panegírico. Habéis probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Descubro entre vosotros algunos contornos de una institución que en su origen pudo haber sido tolerable; pero están casi borrados, y el resto, por completo manchado y tachado por corrupciones.


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