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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.94

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De este modo sostuve varias conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de decir a Su Majestad que el desprecio que mostraba hacia Europa y el resto del mundo no parecía responder a las excelentes prendas de discreción que le distinguían; que la razón no crece con el tamaño del cuerpo, sino, antes al contrario, se había observado en nuestro país que las personas más altas están peor dotadas en este respecto. Añadí que, entre otros animales, las abejas y las hormigas tenían fama de más industriosas, hábiles y sagaces que muchos de las especies mayores, y que, por insignificante que yo le pareciese, tenía la esperanza de encontrar en mi vida ocasión de prestar a Su Majestad algún señalado servicio. El rey me oyó con atención y empezó a concebir de mí un juicio mucho mejor del que había tenido hasta entonces. Me pidió que le diese una referencia tan exacta como me fuera posible del gobierno de Inglaterra; pues, aun siendo los príncipes, por regla general, amantes de sus propias costumbres -así lo suponía el respeto de otros monarcas por anteriores razonamientos míos-, le gustaría conocer alguna cosa que mereciera ser imitada.
     Imagina por ti, cortés lector, las veces que deseé la lengua de Cicerón o de Demóstenes para poder celebrar la fama de mi querido país natal en un estilo correspondiente a sus méritos y bienaventuranzas. Empecé mi discurso por informar a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas que formaban tres poderosos reinos bajo un soberano, aparte de nuestras colonias de América. Me detuve en ponderar la fertilidad de nuestro suelo y la temperatura de nuestro clima. Hablé luego extensamente de la constitución del Parlamento inglés, formado en parte por un cuerpo ilustre, llamado la Cámara de los Pares, personas de sangre noble y de patrimonios los más antiguos e importantes. Pinté el extraordinario cuidado que siempre se pone en su educación para las artes y las armas, a fin de capacitarlos para ser consejeros a la vez del rey y del reino, participar en la legislación, ser miembros del más alto tribunal de justicia -de cuyas sentencias no puede apelarse- y ejercer de campeones siempre dispuestos a la defensa de su príncipe y de su patria con su valor, conducta y fidelidad. Añadí que ellos eran el adorno y el baluarte del reino, digna descendencia de sus afamados antecesores, que en ella veían honradas las virtudes que siempre practicaron y de cuyo culto jamás sucedió que su posteridad se apartase.


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