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Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) - pág.90

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Aquella parte del palacio era todo confusión; los criados corrieron a buscar escaleras; cientos de personas de la corte miraban al mono, que, instalado en lo alto de un edificio, me tenía como a un niño en una de sus patas delanteras y me daba de comer con la otra, metiéndome a la fuerza en la boca comida que iba sacándose de una de las bolsas que tienen a los lados de las quijadas estos animales, y cuando no quería comerlo me pegaba. A la vista de esto no podía contener la risa mucha de la gente que había abajo, ni yo creo que en realidad pueda censurársele por ello, pues, sin disputa, el espectáculo tenía que ser bastante grotesco para cualquiera que no fuese yo. Algunas personas tiraron piedras con la intención de hacer bajar al mono; pero se prohibió hacerlo rigurosamente, pues de otro modo es casi seguro que me hubiesen destrozado la cabeza.
     Se dispusieron las escaleras y subieron por ellas muchos hombres; el mono, en vista de ello y encontrándose ya casi rodeado e incapaz de correr lo suficiente en tres pies, me soltó en una teja acanalada y se puso en fuga. Allí quedé un rato, a quinientas yardas del suelo, esperando a cada instante que el viento me echara abajo o caer desvanecido e ir a parar, dando tumbos, desde el caballete al alero; pero un buen muchacho, lacayo de mi niñera, trepó, y, metiéndome en la faltriquera de sus calzones, me bajó indemne.
     Yo estaba casi ahogado con aquella asquerosidad que el mono me había embutido en la garganta; pero mi querida niñera me lo sacó de la boca con una aguja fina y luego me vino un vómito que me sirvió de gran alivio. Sin embargo, quedé tan débil y tan molido de pies a cabeza con los estrujones que me dio aquel repugnante animal, que tuve que guardar cama una quincena. El rey, la reina y toda la corte enviaban cada día a preguntar por mi salud, y la reina me hizo durante mi enfermedad varias visitas. Se mató al mono y se dio orden de que no se pudieran tener en todo el palacio semejantes animales.
     Cuando, una vez restablecido, me presenté al rey para darle las gracias por sus favores, él se dignó bromear grandemente con motivo de la aventura. Me preguntó qué pensamientos y cálculos eran los míos cuando estaba en la garra del mono, qué tal me supo la comida que me dio y si el aire fresco que corría por el tejado me había abierto el apetito.


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